Por Eloy Garza González

Me pidió mi amigo el poeta José Javier Villarreal que presentara su libro más reciente: “Los secretos engarces” (Monterrey, Textofilia / Editorial Universitaria UANL, 2021) y yo acepté encantado.

He leído toda la obra de José Javier y este libro es una especie de corolario de su trayectoria bibliográfica. Un texto anfibio, que reinventa su propio género, como sólo lo he leído en otros autores inclasificables como Sergio Pitol.

Leer “Los engarces secretos” (la frase es de Sor Juana) fue un alivio personal porque me hace pensar que mi vida no ha sido del todo inútil. Déjenme explicarles en qué sentido lo digo. Cuando se nos estropea un aparato electrodoméstico, el refrigerador o el horno de microondas, solemos reprocharnos: “¿Cómo no aprendí lo básico de los manuales de electricidad?». O cuando humea el cofre de nuestro carro nos arrepentimos de no saber lo mínimo de mecánica automotriz. O cuando sufrimos una lesión física muchos nos preguntamos por qué desconocemos todo lo relacionado a primeros auxilios. Pero cuando a alguien le va mal emocionalmente, cuando el alma se le tropieza en un bache de penas y quebrantos; cuando pasamos un mal rato, casi nadie se pregunta: “Carajo, ¿por qué no leí poesía? ¿Por qué no leí a los grandes poetas? ¿Por qué no leí a Neruda, a Jaime Sabines, a Juan Gelman, o ya de perdido a Mario Benedetti?”

Yo terminé de leer este libro de José Javier el pasado fin de semana, en una quinta; casualmente, cerca de una higuera. En otras palabras, leí este bello texto del poeta de Higueras (aunque en realidad nació en Tijuana y se crió en Tecate), bajo la sombra de una higuera y tomando un vino californiano. Curiosas coincidencias.

Este libro de José Javier es como un manual de uso para exprimirle el mejor jugo a la existencia propia y tomársela con todo y bagazo que es la forma como también podríamos denominar a los autores preferidos de uno. Es como escanciar un buen vino de los viñedos del Valle de Guadalupe, cerca de la hacienda vitivinícola donde se crió José Javier.

Se dice que la memoria no retiene el sentido del gusto, pero eso no es verdad. Primero, porque del simple recuerdo de probar una magdalena (es decir, un panecillo mojado en té), Marcel Proust se retrotrajo a toda su infancia y escribió un libro casi infinito. Segundo, porque etimológicamente “sabor” viene de “saber” (eso me lo dijo hace años José Javier o Minerva Margarita Villarreal, ya no me acuerdo). El saber que destila “Los secretos engarces” deja un sabor exquisito y perenne.

El poeta Eliseo Diego habla en uno de sus bellos poemas sobre “las diminutas dichas que se aferran con sus mínimas garras a la vida”. En el caso de José Javier, estas diminutas dichas (si uno las observa atentamente como a través de una lupa monocular que usan los joyeros), descubrirá que son pequeños engarces multicolores. O quizá son los hilos de palabras con el que mis amigas, las artesanas de Xochistlahuaca, Guerrero, tejen esos bordados de huipiles, en sus telares de cintura. Porque un huipil se teje y se borda igual que como José Javier teje y borda sus poemas: usando todo el cuerpo, las partes nobles e innobles, valiéndose de cada recoveco de su alma.

Todo huipil, como este libro de José Javier, aunque aparenta juntar imágenes sueltas, figuras geométricas dispersas, cuenta una sola historia. La trama de un bordado es la misma que la trama de un relato.

El lector distraído (nadie puede ser absuelto de este adjetivo) supondrá que el libro de José Javier es un cajón de sastre. Retazos, hilachos, agujas punzantes. Nada más falso. Cada línea lírica, cada autor citado, Alfonso Reyes, Rubén Darío, Ramón López Velarde, Manuel José Othón (su “Idilio salvaje” es el mejor poema sobre el desierto en cualquier idioma); en fin, cada párrafo o estrofa del libro de José Javier, se une, se engarza con los demás hasta formar una bella cadena de verbos solares, sustantivos luminosos, adjetivos inesperados. Una cadena que en vez de tensar, distiende; en vez de estirar, relaja.

Si Fernando Pessoa (uno de los ángeles de la guarda de José Javier que no lo desampara ni de noche ni de día), escribió el “Libro del desasosiego”, “Los secretos engarces”, es el libro del sosiego. Pessoa nunca se aquieta. En cambio, José Javier siempre es apacible, pacifico, reposado.

¿Pero de verdad José Javier es un escritor sosegado? No. Es más bien un azogue, un mercurio, que no se está quieto aunque lo aparente y se la vive atando cabos literarios y vivenciales.

José Javier no cree en los destinos ineluctables, ni en los determinismos. Se reconoce en el poema de Mallarmé: “un golpe de dados jamás abolirá el azar”.

Nuestro autor sólo le guarda fe a lo casual, a lo contingente, a lo eventual. Él mismo me ha confesado que niega lo divino en términos religiosos. Ni siquiera es uno de esos ateos de clóset que se dicen agnósticos, por esconderse detrás de un eufemismo sofisticado.

¿Pero de verdad José Javier no es creyente? De nuevo me equivoco. En “Los secretos engarces” escribe: “hay versos, muchos versos, que me rondan la cabeza y el cuerpo y aparecen sólo cuando es necesario que aparezcan y esto escapa a mi voluntad, obedece a otras leyes, son otras las razones y causas que motivan su aparición (…) Es como si el poema fuera hecho por los hombres pero no los versos que lo componen”. (p. 95).

¿Quién escribe entonces los poemas de José Javier si no es un ente superior? ¿Su ángel de la guarda a quien habrá que invitar por mera deferencia una buena copa de vino en nuestra mesa como lo recomienda el viejo poema?

José Javier cree en los hados, en los demonios domésticos. Sabe como Octavio Paz que es simplemente un hombre: “duro poco y es enorme la noche”. Pero como los creyentes, los fieles, los místicos (aunque ni Paz ni Villarreal lo sean o más bien lo son en la variante de místicos sin Dios), miran hacia arriba: “las estrellas escriben / sin entender comprendo: / también soy escritura / y en este mismo instante / alguien me deletrea”.

Cuenta García Márquez que Pablo Neruda le dijo alguna vez: “yo en la única magia que creo es en la poesía”. Para Neruda, la manzana, la mesa, el tenedor, el pan, no son entes mágicos; son objetos tangibles, terrestres, y por eso mismo, poéticos.

Para José Javier Villarreal la memoria, la autobiografía, la exégesis de autores, la remembranza, Higueras, Tecate, los aeropuertos, las librerías, el gimnasio de su padre, la presencia de su madre, y Minerva, siempre Minerva, son un mismo texto poético indivisible.

Es la memoria, “su” memoria, y no tanto el mundo (como creía Quevedo), lo que ha hechizado a José Javier Villarreal. Léanlo. No se arrepentirán.

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