domingo, julio 25, 2021

El vacío de nuevo me enamora

Por Juan Manuel Zermeño Posadas

Fotografía de Óscar David López, http://oscardavidlopez.blogspot.com/2008/01/un-poema-de-un-regiomontano-exiliado.html

Es el lugar más noble de toda la ciudad.
Porque aquí está enterrada la mirada perdida
de un caballero errante, del goliardo ambulante
con la mente cargada de lujos y de sombra.

Epitafio, Samuel Noyola

Las calles de las ciudades son cementerios con fantasmas perdidos. No hay lugar para la poesía. No hay lugar para el Arcano Cero. No hay lugar para Samuel Noyola. La producción y el impacto de la nueva entrega documental de Diego Enrique Osorno, Vaquero del mediodía (2019), recién estrenada este mes por la plataforma de streaming Netflix, es el síntoma de un mito que se niega a perecer y toma aire bajo el sepulcro del posible olvido. Así sucede en una sociedad anti-cultural, sin interés por la literatura, la poesía, la filosofía, cuyos ejes vitales son únicamente el trabajo y la felicidad en lo inmediato, como lo mencionan Guillermo Fadanelli y Carlos Martínez Rentería en las entrevistas que forman parte de este reportaje indagatorio, cuyo engranaje se logra gracias a una investigación exhaustiva, enlazada a una línea narrativa muy propia de Osorno.

Comparte cierta similitud con Searching for Sugar Man (Bendjelloul, 2012), donde se nos presenta la historia de dos fanáticos sudafricanos del músico Sixto Rodríguez, que se lanzan a la búsqueda de su ídolo hasta Norteamérica para encontrarlo retirado y pobre, dedicándose a la construcción en la ciudad de Detroit, para así darle un merecido regreso glorioso de reivindicación con tintes de homenaje en vida. Esta forma de presentar investigaciones muy personales, sobre ciertos artistas cuyo paradero se desconoce, pudiera ser un analgésico efectivo contra la doliente extinción del análisis en retrospectiva, con la intencionalidad de encontrar vanguardia y ruptura en estos eslabones perdidos de la historia del arte.

¿Por qué un documental sobre la búsqueda de Samuel Noyola? En palabras de Paz, citadas por Marie Jo, con quien el director Osorno charla vía telefónica, el premio nobel veía “algo real en él, algo de verdadero poeta.” ¿Por qué un homenaje a un desaparecido? Especular sobre las posibilidades es dar un salto al infinito: el bacanal de opciones que otorga la incertidumbre, esa interrogante que evolucionó desde una nota periodística del 2009, escrita por Osorno en una columna de Milenio Diario, en donde se preguntaba si alguien conocía el paradero de Noyola, hasta la realización de este documental cuya suma de elementos desemboca en una panorámica más amplia del espectro de canales y herramientas para la ubicación de un ser humano, que se suma a esa lista negra tan dolorosa que hace remover la tierra de una nación entera que aún espera encontrar a sus desaparecidos. 

¿Para qué hacer propaganda para un autor que ya no produce, que quizá no quiere ser re-descubierto? Suena a sinsentido, a una noción idealista de que con el arte se logra la inmortalidad, esa fuente de la juventud tan buscada y agotada por todas las civilizaciones. Lo que sí es cierto es que este ejercicio la posibilita a un nivel mediático: que los poemas de este vaquero encuentren nuevos puertos para ser recitados, leídos, interiorizados, se dinamita con la aparición de este registro, documento de barbarie, grito de auxilio, work in progress y protocolo de emergencia para lo localización de un ilocalizable. La búsqueda de un poeta que se vuelve búsqueda de la Poesía misma. 

Posterior a una secuencia de tomas diversas al inicio del documental con tintes postales, se nos sitúa, de entrada, en plano general, ante las vías del tren como paisaje bañado por el crespúsculo: una apenas osamenta oxidada, aún en funciones; vestigios de lo que fuera una gran industria ferrocarrilera que se ha permeado en el imaginario colectivo de los mexicanos como un reino de nostalgia, cuyos linderos pertenecen a los nómadas, desprotegidos, víctimas del abandono social, que han sido dejados a la mano de Dios en medio de una ciudad que pareciera no descansar, ni dejarlos descansar.  

“A mí me han buscado también” es una de las primeras intervenciones por parte de los entrevistados, cuyas diferentes ópticas (amigos, ex parejas, vagabundos, autoridades, investigadores privados, intelectuales, tarotistas, familia, protectores, gente con encuentros/desencuentros en las últimas veces que se le vio) nos van esbozando un perfil de su vida personal y sus interacciones sociales en los grupos literarios y culturales, así como en la bohemia y las calles, lugares y situaciones en que se le solía encontrar hasta el día —¿se pudiese precisar?— de su desaparición. 

Los encuadres de las entrevistas orbitan entre planos medios y medios cortos, con escenarios que van desde estudios, salas de casa, librerías, cantinas y restaurantes, que nos parecieran lanzar dardos envenenados de empatía para involucrarnos en esta documentación oral cargada de cercanía y parentesco filiar, a la serie de descripciones y anécdotas específicas que nos ayudan a delimitar locaciones en las que nuestro protagonista solía transitar y lidiar con sus demonios día a día. El mito se alimenta de experiencias venidas de primera mano, con cartas, dedicatorias, heridas que se van desenterrando del baúl de los recuerdos del archivo dedicado a Noyola.

Hola amigos, soy el Pato Lucas. Se nos presentan fragmentos de videograbaciones realizadas por el productor y promotor de cine Juan Robles, en donde podemos ver varios guiños y situaciones que pasó junto a Noyola durante sus expediciones nocturnas por una ciudad que siempre los recibió para la aventura y posterior huida. Persecución que si antes fue agresiva ahora se torna amable, con un dejo de fe presente cada vez que durante la investigación pareciese que entre rostros de indigentes encontraríamos a nuestro Enfant terrible

Un anti-héroe, imperfecto, seducido por el poder delirante de Baco, con la sensibilidad humana a flor de piel, cuya máxima punga siempre fue la libertad total fuera de cualquier tipo de yugo: enfocándose en lo más elemental que era sobrevivir para seguir sintiendo, llevando la sinestesia al límite, ese desarreglo de los sentidos que perseguía Rimbaud, un compromiso artístico enfocado solamente en la escritura de poesía, con ese don, “un hombre tocado por la mano de Dios” como expresa Marcela Guerra. Ese compromiso que repercutió en que el mismo autor del documental decidiera alejarse de la escritura poética, encandilado ante el genio de este Diógenes que pareciera solo pedir una tinaja y los rayos del sol; o el contraste en el caso del poeta Francisco Serrano, al que Noyola le iluminó, entregándole la estafeta sagrada que pareciese muchos encontramos en la poesía: un sentido de vida. 

Otro eje, además del de la búsqueda directa en las calles, es su experiencia en Nicaragua y su posterior regreso a México, ya vuelto poeta, justo en épocas de la revolución sandinista, siendo apenas una adolescente. El erudito Julio Valle lo recuerda como un joven artista plástico que “no tenía nostalgia”. Y es aquí, cuando ambos organizan un maratón de poesía, en el que leen poetas de la altura de Ernesto Cardenal, cuando Noyola queda fascinado ante aquel despliegue en donde se fusionan poesía y vida. Lenguaje y acción. Se revela a sí mismo como poeta.

Con esta fiebre marxista, se alista en las milicias populares sandinistas en oposición a los contras del régimen de Somoza.  Esto no es gratuito, ya que durante esos años muchísimos intelectuales encontraron en este conflicto una forma de llevar a la praxis muchos de sus ideales teóricos, políticos y filosóficos. También menciona Valle que esta experiencia pudiera nutrir la hipótesis de que Samuel siguiera vivo, ya que adquirió habilidades de supervivencia en el campo de batalla.

Es en la decadencia donde se pierden las últimas pistas del poeta buscado. Por ser poseedor de una “memoria prodigiosa”, entrenada “por la educación de los poemas españoles del Siglo de Oro, que eran precisos en el sonido del poema y en la medición”, es como lo recuerdan los poetas Eduardo Zambrano y Guillermo Meléndez. A su regreso, se vio acrecentada la dicotomía cardinal de ese sur libertario (de izquierda) en contraste con el norte opresor (al que criticaba severamente de protestante y cerrado). Esto lo deja muy en claro su discípulo, el poeta Francisco Serrano, al decir: “si hay una ciudad donde vale la pena ser poeta es Monterrey. ¿Por qué? Por toda la adversidad que tienes alrededor”. Y remata: “Monterrey es una ciudad decadente”. 

Es en una cita en un resurante a la que lo invita Juan Villoro donde el máximo poeta Infrarrealista, Mario Santiago Papasquiaro, bautiza a Noyola con el apodo de “vaquero del mediodía”. Esta suerte de afinidad es interesante, ya que las actitudes extrovertidas y anti-solemnes de Samuel bien podrían encajar a la perfección con la performatividad Infrarrealista. Eso solamente en la actitud y presentación, ya que en la escritura la desfachatez no estaba presente, más bien coqueteaba con cierta visión de la poesía beat en cuanto a los registros y referentes actuales, pero siempre manteniendo un respeto y adoración por la forma, cosa que se puede corroborar al analizar sus métricas y ritmos, mismos que pudiesen pasar desapercibidos por la naturalidad y fluidez de su estilo, haciendo parecer como algo fácil ese magisterio único en la formación de los tejidos silábicos que conformaba sus poemas.

La banda sonora de Esteban Aldrete, cuyo trabajo también encontramos en Camino a Roma (2020), Piérdete entre los muertos (2018), Los adioses (2017); en conjunto de la dirección de fotografía de María Secco, quien ya contaba con la experiencia en documentales como La libertad del diablo (2017), Lejanía (2013), Los años de Fierro (2013); evocan esa amalgama entre tensión y expectativa que nos trasladan a diferentes atmósferas que coinciden con el tono de las experiencias relatadas por los entrevistados. Así el documental nos hace partícipes de este recorrido por las diferentes calles de Monterrey y Ciudad de México, en donde Noyola dejó su estela de carisma y desasosiego presente en sus líneas, porque mis días se han levantado/ contra una ciudad enjoyada de mendigos

Si algo nos queda claro de Noyola es el contagio de tensión desafiante por buscar nuevas rutas, para encontrar la seda de sus pasos escondidos entre la “estela de desmadre” que dejaba, como lo menciona Serrano, llegando a ser un huracán, cuyo paso demoledor alborotaba las oficinas de Vuelta como todo un sucedo —señala García Ramírez—, en la época en que Octavio Paz lo acoge para participar en la revista junto a otros jóvenes intelectuales como Enrique Krauze, Aurelio Asiain y Roberto Tejada.  

En una de sus últimas intervenciones en el documental, el periodista y crítico Gabriel Conteras parece dar en el clavo: al percatarse de la erosión simbólica de una personalidad artística que va cayendo en el anacronismo, señala que con él “se acaba la posibilidad de contar, casi en el siglo XXI con un vate, declamador, apasionada, loco.” Apunta también que “ese tipo de escritor sería totalmente inoperante” e incluso, en un escenario como el actual, tan sobre cargado de pose, burocracia institucional, corrección política, sería más infernal para Noyola adaptarse a las nuevas reglas y visiones sociales que se tiene sobre el arte y las personas que lo crean, viven, sudan, transmiten.

La historia de Samuel es aquí contada desde diferentes ángulos, con conclusiones varias. Si vivo. Si muerto. El documental capta como red una serie de historias, que como precisa Eduardo Antonio Parra, bien pudiera ser un “thriller en donde él no sea la víctima”, encajando con esa figura intermitente de emisor-receptor de violencias físicas y simbólicas hacía los personajes estigmatizados como él, que terminaron por rebasarlo, producto de esa “segregación y desprecio literario” de lo que habla Óscar David López al referirse a estos fríos reacomodos que suceden en la República de las Letras de vez en cuando, con su implacable manto de legitimación que arropan a unos, e invisibilizan a otros. 

Niño abandonado que se buscó a sí mismo, ese mito que, con esta entrega documental, echa luz sobre lo memorable oscuro. 

Que se acuerden mucho de mí.

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