martes, octubre 27, 2020

Gilgamesh y Ensō Rōshi, o la inmortalidad textual

Por Andrés Kosterlitzky

Al igual que Gilgamesh, el autor anónimo que escribió la versión de la épica que ahora conocemos obtuvo la inmortalidad. Pero, al igual que Gilgamesh, no era la vida que buscaba. El primero, una vez que su amigo y amante Enkidu, el hombre salvaje, falleciera por designio de los dioses, hizo todo lo que estaba a su alcance para evadir la muerte. El segundo, marcado también por ese sello divino que padecemos todos los mortales, sabía bien que la vida no era infinita, pero que las obras perduran.

No importa ya si la versión que conocemos ahora de la épica de Gilgamesh fue escrita, embelesada y adornada por muchas personas distintas, pues el nombre de todas esas voces fue borrado por las arenas del tiempo. No importa, tampoco, si Gilgamesh fue un rey real, quizá el más importante de Uruk. No importan las obras que inauguró este rey, ni las que son narradas en la épica, ni las que pueden apreciarse más de 4 milenios después de su muerte en los restos arqueológicos de su tiempo.

El tiempo ha borrado todo, de los cantos a los lamentos, todo lo que vivieron y sufrieron los súbditos-esclavos de este rey tirano que tomaba lo que quería de ellos pues todo era suyo. Así mismo el tiempo borró a todas las personas que agregaron, editaron, reescribieron la épica, concentrándolos en una serie de tablillas de arcilla y monolitos donde los sucesos más importantes de la vida de ese rey y de esa ciudad y de esos súbditos quedaron registrados para la posteridad. Todo lo que no fue seleccionado, más lo que el tiempo mismo se encargó de desmoronar, se perdió para siempre.

Gilgamesh logró ser eterno, pero al igual que los autores de la épica, ninguno de ellos está aquí ahora para disfrutarlo. La única inmortalidad que nos es permitida a hombres y mujeres es etérea. La muerte, como descubrió Gilgamesh, es inevitable. Y, como vio Gilgamesh en Enkidu, una vez que se cruza el umbral no es posible volver, así alguien nos intente guiar de regreso del inframundo. Ni Gilgamesh, ni Orfeo pueden salvarnos.

Con el tiempo las personas se desvanecen. De nosotros quedan huellas que también tornan polvo. La arquitectura perdura, más es frágil a la erosión. Habrá fósiles, momias, fragmentos de huesos sepultados; quedarán mitos y leyendas y cuentos, ciudades enteras preservadas bajo otras ciudades. Montañas artificiales de basura y recuerdos. Y a lo largo de las eras todos los que somos parte de esto, de la civilización, desapareceremos una y otra vez. Ni siquiera quien permanece es quien fue, pues de ellos, como de Gilgamesh, poco se sabe en realidad.

Así también nuestro arte y nuestra civilización perecerán. Se irán con la muerte del planeta, de manera definitiva cuando el Sol estalle y nos consuma. Aún si algo de nuestra cultura migra a otro planeta, a otro sistema, si es rescatada y puesta en museos estelares por otras civilizaciones, lo que se sabrá de nosotros será tan difuso y artificial como lo que ahora sabemos de Uruk, Gilgamesh, Enkidu, y de las personas que escribieron su historia de amor mil años después, en tablillas de arcilla.

¿Entonces para qué escribimos? ¿Para qué construimos ciudades, para qué conquistamos los siete mares y el espacio exterior y nos matamos unos a otros con la intención de pasar a la Historia como conquistadores, emperadores, capos, presidentes, generales? Como le explicó Shamhat a Enkidu, todo instinto animal puede refinarse a su máxima expresión gracias al impulso civilizatorio. Y todo es eso, impulsos naturales, complejizados pero que sirven al fin último de la materia, que es la reproducción y diseminación.

Ensō Rōshi creía que la escritura podía servir a otro fin, uno práctico, meditativo, a través del cual era posible alcanzar la iluminación. Pero, más importante aún, la iluminación, según Ensō Rōshi, sólo se alcanza cuando volvemos a estar en armonía con esos impulsos naturales: no como humanos, sino como los otros animales: sin analizar. La escritura, creía él, puede servir para que los otros animales dejen de huir de nosotros como huían de Enkidu una vez que despertó en él el conocimiento prohibido. La escritura, un acto tan humano y de ningún otro ser vivo que conocemos, puede conectarnos de nuevo con nuestra naturaleza pues, al final, no es sino el refinamiento extremo del pensamiento que es parte de nuestra constitución animal.

Para que este tipo de escritura pueda existir, debe primero formarse un sistema de abstracción mental. Y cuando digo “formar” me refiero a que debemos educar nuestra mente, pues ya nadie es que sea salvaje, todos somos la versión domesticada de Enkidu, que una vez que prueba los frutos de la civilización se vuelve dependiente de ellos. La armonía es algo inherente a un estado pacífico en el que el pensamiento ocurre como un río, siempre en movimiento, sin detenerse a analizar sobremanera a sí mismo. La meditación de Rōshi tiene esta función, al menos en teoría, pero en la práctica vemos que como Gilgamesh y los autores de la épica, el maestro Zen también buscaba cierto tipo de inmortalidad, aunque fuera simbólica. La reproducción de texto es lo mismo que la del genoma: el traspaso de información a través del tiempo y las generaciones.

Aún así me parece que el acercamiento de Ensō Rōshi a la escritura como acto de desvanecimiento se encuentra en el plano del retorno a la paz natural. Una paz que sólo es real en el sentido de no ser autorreflexiva, más no en el sentido de no ser violenta. La naturaleza es terrible, es sanguinaria, carece de compasión, pues todas las implicaciones morales que estas cosas tienen son también producto del refinamiento de nuestra natural capacidad para razonar. Estas categorías son naturales sólo para nosotros, más no para el resto de la naturaleza. Al menos no la que nos rodea aquí, ahora, en esta roca, en este instante del espacio-tiempo. La escritura, ese intento por dejar rasgos de nuestra mente impresos en el tiempo mismo, en la memoria colectiva, no es diferente a otras formas de diseminación de información que tiene la naturaleza. Sólo es específica a nosotros.

Al final todo es irrelevante, pues ningún medio es eterno. Toda inmortalidad es temporal. De ahí que la escritura sea tan innecesaria como fundamental. No importa si toda la era de la humanidad será un parpadeo del universo o menos, sólo importa para nosotros y, por lo tanto, la búsqueda por la anulación de la muerte, aunque al final será siempre infructífera a distintas escalas, es tan relevante hoy como lo fue para Gilgamesh hace más de 4 milenios o como lo fue para Ensō Rōshi hace 5 décadas.

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