martes, octubre 27, 2020

Gilgamesh, o la inmortalidad

Por Andrés Kosterlitzky

¿A dónde vas, Gilgamesh?
La vida que tú buscas
nunca la encontrarás.

Hace unos cuatro mil años, una persona que sabía escribir (quizá un escribano, comerciante o incluso un noble), grabó en una tablilla la primera obra de ficción de la cual tenemos registro: la épica de Gilgamesh. Me gusta pensar que la persona que escribió esta versión de Gilgamesh conocía el poema de memoria y que, entre sus muchas posibles funciones sociales, se trataba de alguien a quien la escritura le fascinaba. Una de las primeras personas que se dedicaron al arte de la escritura, más allá de las funciones pragmáticas de esta.

Me imagino que nuestro autor había leído el poema muchas veces, hasta conocerlo de manera personal, íntima. Me imagino que lo había leído de otras manos, en otras tablillas; tal vez era el poseedor de una copia con significado familiar, grabada por su abuelo más de 30 años atrás. El abuelo de nuestro autor, un notable cuentista oral, fue también el primero de su estirpe en escribir el poema. No el primero en el mundo ni en Babel siquiera —aunque el mundo no es mundo fuera de Babel—, pero sí el primero en preservar la tradición familiar, o la versión genealógica de ese poema. Un Moisés mucho menos ambicioso.

Otra posibilidad es que, al momento de marcar la tablilla, nuestro autor no la haya escrito desde una memoria familiar, ni siquiera dictada por otro poeta oral que la conociera igual de bien (o mejor) que él, sino que la haya copiado de alguna de las otras copias que ya existían. Que seguro no eran muchas, pues digamos que para una ciudad de 200,000 habitantes, entre los cuales muy pocos sabrían leer y escribir, no se necesitarían más de 20 o 30 tablillas de la épica de Gilgamesh. Así es como sabemos que nuestro autor, quien tuvo acceso a una y decidió copiarla, era una persona privilegiada y también lo sabía.

En cualquier caso, como en todas las otras posibilidades que hay para el origen de esta historia, nuestro autor dedicó horas para evitar que el texto que contenía la tablilla previa no se perdiera con el paso del tiempo. Quizá nuestro autor tenía este trabajo, quizá no era un escritor sino un copista y quizá para esta época ya existían bibliotecas llenas de textos, la mayoría administrativos y legales. Me gusta esta idea, así como me gusta imaginar a nuestro autor como un escritor-copista.

En esta historia, pienso, la ciudad de Babilonia ya se encontraba más que establecida, en una era dorada. Si pocos textos sobreviven de entonces es tanto por el medio mineral en el que fueron escritos, que tiende al desmonoramiento, así como por las constantes guerras y desplazamientos que han ocurrido en Mesopotamia desde el inicio de la civilización. Ciudades arrasadas hasta los cimientos. Genocidios. Esclavitud. Los bárbaros.

Es posible que nuestro autor, un poeta-escribano de la metrópoli, bien instaurado ya en la tradición literaria sumeria, más de mil años desde los inicios de la civilización, agregara a la épica versos suyos, párrafos enteros, historias de principio a fin. Imagino que si nuestro autor hizo esto, tampoco fue el primero en hacerlo. Imagino que era ya una tradición, compartida después por otras naciones. No sé si nuestro autor pensó que su versión sobreviviría al tiempo o si tuvo fantasías en las que sus versos duraran siete mil años (¿quién no?), pero sé que él sabía que las posibilidades de que eso sucediera eran pocas y, al final del día, sólo mantenía la antigua tradición de engrosar el texto, embellecerlo, expandirlo. Engordando a Gilgamesh, Aleph de otra época.

Su vida no debió ser tan diferente de la de cualquier copista en cualquier otra época, sólo que con velas y lámparas de aceite en lugar de bombillas y electricidad. Su trabajo era tan repetitivo y absorbente como el de cualquier escritor hoy en día, marcando en la arcilla fresca con una cuña, agregando agua y más arcilla para borrar, pasando toda la tablilla en limpio una vez que no había más que editar, a veces borrador tras borrador tras borrador. La escritura era ya una máquina andando, una tradición. Grabar en monolitos para el pueblo, para el futuro, para la eternidad. La humanidad, como Enkidu, no podía volver atrás, a la naturaleza, pues el mismo pensamiento reflexivo que nos separó de ella la ahuyenta de nosotros.

Nuestro autor sabía esto. Cuando escribía la historia de Enkidu y Shamhat no pudo sino detenerse para concluir que eso mismo que nos separa de los otros animales, la comprensión de la mortalidad, la tristeza postcoital, el placer que sólo existe en el refinamiento de los impulsos biológicos naturales, eso sólo podía existir dentro de una gran ciudad, Uruk o Babel. Pensar, algo natural para nosotros, se sublima con el refinamiento del mismo pensamiento, cosa que sólo es posible si se tiene el suficiente tiempo libre para pensar con profundidad de manera constante y disciplinada. Tampoco se puede escribir si no se tiene tiempo para sentarse tres horas a pensar y diez minutos a grabar una frase.

Es probable que algún mercader que sabía escribir aprovechara algunas de sus horas libres, por la tarde o la noche o la madrugada, para anotar en alguna tablilla algunos de sus pensamientos que considera más importantes. Pero este no es nuestro autor, quien pertenecía a una escuela de escritores, becado por el rey mismo, entre cuyas labores destacaban la creación de cantos y épicas heróicas en honor al soberano y sus guerreros, así como describir los frutos de la nación y su historia. El mercader escribió quizá cosas más originales, tal vez más interesantes, pero nuestro autor conocía el canon y dominaba la forma desde su infancia. Hay un rumor de que nuestro autor robó un par de historias del mercader, pero eso no es relevante para lo que ahora contamos.

Lo más maravilloso de todo es que si sucedió así o no, si nuestro autor pensó o no en su legado hacia el futuro, para la humanidad, al igual que quien sea que fue el verdadero Gilgamesh (si es que existió), de ellos queda poco de verdad. Gilgamesh logró al fin la inmortalidad, pero no de la manera en que él quería. Nuestro autor también es un mito, pues sobre él sólo sabemos que en algún momento hace unos 4,000 años, en algún lugar de Sumeria (quizá Babilonia, quizá no), compendió en tabletas de arcilla la épica de Gilgamesh, un libro compuesto de varias historias viejas que se conocían desde el inicio de los tiempos. Todo lo demás es ficción.

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