viernes, noviembre 27, 2020

Fata Morgana

Por Andrés Kosterlitzky

Si tuviéramos las herramientas para diseccionar el universo y tomar un rollo de “tiempo”, entre punto y a y b en la vida de cualquier persona, veríamos que a través de esa temporalidad nuestra persona estudiada se dedica a “persiguir al tiempo”. Desde el tardío depertar diario, que sirve de catalizador para agilizar la preparación matutina, hasta el quedarse despierta hasta que el teléfono le golpea en la cara a las 2 de la madrugada, nuestra persona pasa sus días persiguiendo un tipo de tiempo y escondiéndose de otro.

El tiempo, como sabemos todas las personas, está compuesto de varias caras. Una de ellas, la más conocida por cualquiera que se detenga a pensar sobre su vida de manera ocasional, así como por algunas especies de animales, plantas, hongos y bacterias conscientes, es el tiempo de las pausas. Cuando nos detenemos y el tiempo se suspende y entonces pensamos. Esa sensación, como de dilatación de los segundos, es real, como lo es lo opuesto.

Otra de esas caras es la del relol, el tiempo como unidad de medición, propio de la humanidad. De este tiempo hay poco o nada que decirse, pues su pragmatismo es irrelevante para nuestro estudio. En cambio, el tiempo opuesto, el del caos, aunque más interesante también es inmedible y, por lo tanto, algo que más vale experimentar en vez de teorizar demasiado en ello.

Hay más y más caras del tiempo, pues cada objeto, vivo o no, macroscópico o capilar, posee y es dueño de virtudes temporales que sólo le son permitidas a su especie. Para las demás fracciones del cosmos, las caras internas del tiempo externo nos es ajena. Y qué bueno, pues sin esa cualidad del tiempo no podría existir el universo ni ninguna materia capaz de reflexionar sobre sí misma. Lo importante aquí es que independientemente de la causa o los motivos, la permisibilidad del tiempo sobre la existencia es absoluta pues se trata de una ilusión.

Podríamos nombrar a estas caras del tiempo, darles formas, imprimirlas en avatares. Tal como la humanidad ha hecho toda su existencia. Digamos que cada una de estas caras es una pluma y que cada pluma pertenece al cuerpo de una ave. Esta ave posee una cantidad infinita de posibles plumas, pues no son permanentes, y al caerse, como sucedería con cualquier pluma o cabello, otra la reemplaza de inmediato. En algunas circunstancias, como en invierno, puede haber más plumas, más densas y compactadas, sin que esto cambie la naturaleza de nuestra ave. Y, con el paso de los siglos, de afianzarse a sí misma en un imaginario popular, esta ave podría expandir algorítmicamente sus manifestaciones, ser tres hermanas o de nuevo una y después otra. Las Morrigan, por ejemplo. O Morgana.

No es excéntrico que uno de los tipos de espejismos más interesantes y peligrosos sea llamado “Fata Morgana”, pues tanto Morgana como Morrigan tenían la capacidad de transformarse en cuervo. Su palacio, al otro extremo del horizonte, siempre es inaccesible. Aunque el espejismo nos enseña una ubicación, es una ilusión, un reflejo: la ubicación es extratemporal, al menos desde la perspectiva de quien observa a Morgana se trata. Un viajero podría perseguirla toda su vida, siempre en el horizonte, cambiando, a veces un cerco de setos enarbolados y otras una pared con siete ventanas o diez o quince, de piedra o ladrillo.

El castillo en la lejanía lo mismo aparece en medio del Pacífico o en el Ártico; en las dunas de Rosarito o en el Sahara. Espejea, alude, llama a los necesitados y a los avaros por igual, pero sobre todo a los extraviados. En el Mediterráneo, las Morgen, hadas del mar, como sirenas atraían a los navegantes a su muerte. Más no por deseo de ellas, sino por el traspaso de ellos a donde nada tenían que hacer. Hoy, existen aún los castillos, más no son necesarios.

Morgana pasó de ser una deidad del tiempo y la naturaleza, a una diosa de la guerra y la muerte y después a una hermana envidiosa y hambrienta de poder del magnífico Rey Arturo. Ignorando las reivindaciones New Age que hace la Wicca, los avatares contemporáneos de Morgana suelen ser negativos. Y aún así, ni en los relatos más actuales las razones con las que se intenta sustentar la supuesta maldad de Morgana tienen coherencia, de no ser porque se les da una coherencia cultural: Morgana es mala no porque quiera el poder, como su hermano el Rey Arturo; no porque cometa adulterio, como su hermano el Rey Arturo; sino porque es mujer.

Hay otros simbolismos, como Avalón, esa Fata Morgana del mito mismo, lugar a donde incluso la más vil de todas las representaciones de Morgana lleva a su hermano, cuando es herido a muerte, a la mítica isla de las manzanas para su recuperación. Hoy, los pocos pero aún existentes creyentes, esperan a que Arturo vuelva de Avalón para llevarnos a la siguiente vida. Y Morgana aún vive en su elusivo castillo, en su isla, a la cual nadie logra llegar pues siempre se encuentra a la misma distancia sin importar cuántas leguas se caminen o cabalguen.

También hemos aprendido a lidiar con el tiempo. O, mejor dicho, lo hemos incorporado en nuestro sistema de expansión. Hoy quien se despierta lo hace con un pitido, una alarma, que nos indica que se nos hizo 15 minutos tarde para levantarnos. Desde que abrimos los ojos, o mejor dicho desde que pensamos por primera vez de manera consciente, nos encontramos persiguiendo al tiempo. Tratando de alcanzarlo. A veces 5 minutos tarde, otras 20 años, algunas generaciones enteras, pero todo se trata de alcanzar ese elusivo castillo al otro extremo de lo abstracto.

Vivimos al acecho, huyendo de otros para que no nos roben esos escasos 5 minutos a solas en la cafetería, antes de tener que volver a un gran salón con otras 60 personas, compañeros de clase o de oficina. Corremos para alcanzar el autobús, para conseguir un espacio en el metro, para poder llegar a tiempo a casa y así tener unos 5 minutos a solas para sentarse en una silla incómoda, sin zapatos, antes de servirse un vaso de agua (mejor cerveza). Nos dormimos tarde, tardísimo, reduciendo horas de sueño para tener unos 5 minutos más de escrolear en el teléfono, 5 minutos más. 5 minutos más.

Vivimos y morimos sujetos entre esos dos puntos diseccionados de nuestro rollo-rebanada original de tiempo. Desde antes de nacer nuestra vida está predestinada: hay expectativas, roles predispuestos, pero más importante es que no hay tiempo. El tiempo, eso que pensamos que podemos dominar, sólo es una ilusión, una Fata Morgana en el horizonte y siempre en el horizonte. Si tan sólo nos diéramos cuenta.

A %d blogueros les gusta esto: