martes, noviembre 24, 2020

Saber morir

Por Ensō Rōshi

Para escribir hay que saber morir. La muerte es el fin temporal de la conciencia. En otoño, la temporada del morir, las hojas que contemplan el verdor de su juventud se desprenden de los amarres de la vida. El salmón que regresa al río culmina la obra de su vida en las fauces de un oso o un águila o entre las piedras que empiezan a congelarse. La cigarra canta y anuncia su despedida. No hay tristeza en la muerte. La muerte es el fin temporal del sufrimiento.

Escribir es morir. De la conciencia blanca y la postura correcta emana la sabiduría de la piedra. Una montaña es la capa muerta de la piel de la Tierra. A la montaña no la lastima la lluvia, ni los temblores, ni los deslaves ni la maquinaria que la corta. La montaña es aunque deje de existir. La montaña sabe todo lo que calla. Escribir es ser la montaña.

Un día, en el monasterio de Tassajara, murió un gran maestro. El discípulo aún tenía preguntas y no podía formularlas. En su corazón la voz del maestro seguía caliente, pero en su piel ya descansaba la rigidez de la estatua. Maestro, le dijo cuando se quedaron a solas, nunca lo vi tan complacido. El discípulo lloró pese a la tradición. Sus lágrimas bañaron el rostro del gran maestro y él no se atrevió a limpiarlas. En su mente los recuerdos fluían y la voz del gran maestro tenía la resonancia de las cigarras y las ranas. Por un instante pensó en que ahora estaría solo, que ya no tendría más al gran maestro para corregirlo y enseñarle el camino. Sintió pena, sintió agonía, sintió tristeza. Pero el rostro del maestro sonreía. Él ya no sufría. Él estaba en paz.

La paz del gran maestro se convirtió en la paz del joven discípulo. El discípulo no sufrió más por la muerte del maestro. El maestro era feliz en su muerte. El maestro estaba libre de todo pensamiento. El maestro ahora era una montaña. El maestro ahora era, más que nunca, toda la vida que de su cuerpo se alimentaba. El maestro era Buda. La muerte es Buda. El discípulo encendió una lámpara y la dejó en el río. Después, cuando el funeral del maestro terminó y se sintió su ausencia, el discípulo caminó hasta el jardín y escribió este poema en la arena:

Llueve en otoño:
la hormiga que tiene alas
es para morir.


Escribir es morir. El Buda descansa cuando la vida duerme. Cuando la conciencia termina el fuego de cada célula es una conciencia activa. Los mil millones de Budas despiertan y bailan. La muerte es la alegría de la vida. La muerte es Buda. Escribir es morir. Escribir es Buda. Morir es Buda.

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