martes, octubre 27, 2020

Ratas de ciudad

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Por Rafael Zamudio

Seis meses después de llegar a la Ciudad de México mi cuerpo y mi mente habían cambiado. Ya no tenía hambre todo el tiempo, tampoco me salían ampollas al caminar. Las plantas de mis pies eran callosas y acolchadas, de empeine y dedos alargados, pie coyotesco. Vivía en estado de alerta, caminando en círculos concéntricos alrededor de mi territorio, a la espera de un temblor o un descubrimiento, entre otras presas nocturnas. Mi cuerpo, ahora más pequeño, era muy fácil de acomodar y transportar.

Pareciera algo muy simple, pero el tamaño de nuestro cuerpo abre o cierra posibilidades, cosa que en ocasiones no sabemos poner en perspectiva, sobre todo con relación al cuerpo de los otros. Y ese nuevo yo, mucho más delgado que el que llegó a la Ciudad, se adaptó sin tanto problema al cambio. Recuerdo lo sencillo que era dormir en cualquier posición y cualquier rincón o lo mundano que resultaba escurrirse entre calles, entre masas humanas que parecen más hormiguero que ciudad. Por mi estatura sobresalía, casi siempre, pero nada que no pudiera ocultar con cierto encorvamiento.

En cambio ahora, de vuelta a la vida sedentaria, escribiendo en un escritorio en mi estudio, mi cuerpo no es tan dócil: se cansa de mantener una posición por mucho tiempo, se sobrecalienta rápido, se irritan el intestino con algunas comidas, en fin, el paso a la señoritud está marcado de cicatrices, muchas internas e invisibles. Aún así, en el fondo sigue estando esa rata de ciudad, que lo mismo puede decidir escapar por un agujero en la malla ciclónica de la ventana o anidar bajo el refrigerador y dedicarse a la engorda hedonista. Más nada es gratis en esta vida y engordar demasiado puede resultar fatal, tanto por cuestiones cardiacas como por ya no caber por el agujero de la ventana, algo muy necesario en caso de ser descubiertos por el dueño del refrigerador.

Eso fue precisamente lo que le sucedió a mi última rata, para su desgracia y para mi alivio, pues llevaba varias semanas cazándola. A ella y a su pareja. Todo comenzó siete años antes, en 2013, cuando aún vivía en la Ciudad de México y había adelgazado mucho y me sentía como una versión rata de mí mismo, sobreviviendo a base de granos y cosas robadas de aquí y allá. En ese tiempo, por alguna razón, caminaba entre pasadizos estrechos y puertas secretas, en el subsuelo o entre azoteas, anidaba en pequeñas madrigueras y olía todo el tiempo los humores de los demás. Caminaba de noche, compartía el parque y las aceras con las ratas engordadas a garnacha y carne de puerco. En cada esquina, en cada hueco, una rata o dos o cinco.

Me pareció natural, hasta cierto punto, que un día encontrara mis bolsas de comida (que guardaba en mi cuarto, sobre un estante, abiertas, roídas. Cacas en una esquina. Puse veneno y nada. Puse trampas y nada. El cepo desaparecía pero la rata no moría. Hasta que un día me fui de vacaciones. Para entonces guardaba ya mi comida en una caja de plástico sellada, pero después de dos meses de escuchar a la rata roer la pared en la noche y sentir que me iba a morder un testículo o el dedo gordo del pie mientras dormía e infectarme de rabia era suficiente para ensalzar el insomnio. Así que cuando mi casero me mandó un mensaje para decirme que la rata había muerto (yo andaba de viaje), lo celebré con un enorme porro en su honor.

Imaginen el terror que sentí cuando, meses después, a medianoche, el indistinguible ruido a rata royendo madera apareció de nuevo. Bueno, quizá no terror, más bien una mezcla de “oh no, por favor no” y “chingada madre”, que es lo que suelo sentir cuando se repiten los malos augurios. Pero así como volvió se fue, un día, tras una dosis de veneno que ningún animal hubiera tolerado. Nadie encontró el cadáver, hasta que un par de años después, durante una renovación, quitaron la sábana que hacía de cielo raso en el piso de abajo y encontraron que la rata ahí quedó.

En todo ese tiempo, la rata y yo desarrollamos una especie de relación enfermiza fingiendo que no compartíamos la misma habitación. Ella no roía mientras yo fumaba. Así que yo fumaba más para que no royera. A veces pasaban semanas sin escucharla, lo que me hacía pensar que ya no estaba ahí y me llevaba a descuidar las cosas, a dejar unos Cheetos semiabiertos afuera. En la mañana me encontraba sus cacas en una esquina, un recordatorio de que no se iba a ir a ninguna parte porque tarde o temprano yo siempre cedía y le daba lo que quería de mí: comida chatarra.

Un par de años después, cuando esa rata ya estaba más que muerta, pensé ver otra rata. Esta vez en la estufa del apartamento que rentábamos cuando llegué a Monterrey. Estábamos mudándonos, porque entre muchas cosas, una construcción en un lote al lado de nuestra casa nos causó una infestación de cucarachas en los muebles de la cocina, cuya ventana daba a la construcción. Estaba en el tercer día de catalogar y empaquetar nuestra biblioteca, cansado, y muy grifo. Me había comido una dosis triple de mantequilla verde porque el dolor de espalda era intenso y la labor tediosa. Bajé a la cocina por hielo. Cuando entré a la cocina miré hacia la estufa y vi la cabeza de una rata asomando por el agujero del comal. En un instante me miró y se escondió, como los topos zoquetes del clásico juego de arcadia que hay que golpear con un mazo acolchado.

El “Oh no” y el “chingada madre” vinieron a mí, recordando a mi inquilina anterior, que no conforme con comerse mis reservas de comida todavía vivió meses aterrorizándome con la promesa de un huevo mordido e infectado por peste bubónica. Corrí por el machete, decidido a no dejarlo ocurrir de nuevo. Pero cuando volví la estufa estaba vacía. No parecía que hubiera una rata, no había vestigios de ningún tipo, nada, ni olor ni ruido siquiera. Violetta me convenció, aunque tomó tiempo, meses incluso, de que nunca hubo una rata en la estufa, sino que estaba demasiado pacheco.

Durante varios años eso fue lo último que supe de ratas. Olvidé hasta cierto punto el olor a los orines, a las heces. El miedo a vivir con una rata de drenaje, parasitaria, también se fue disipando, aunque cada cierto tiempo lo recordaba y enunciaba: viví con una rata seis meses, viví con una rata en mi cuarto que se comía mi comida durante seis meses. Más y más era un recuerdo. Hasta que un día, varias mudanzas después, los marcos del ventanal de la cocina amanecieron tapizados de carboncitos alargados. No pensé, en el momento, que fuera mierda de rata, pues me parecían muy grandes, mucho muy grandes en comparación de los que amanecían de mi rata inquilina. Tampoco había señales de comida roída ni nada. Sólo unos cincuenta carbones chiquitos.

Los tiré sin pensarlo mucho. Y no aparecieron más. Hubo mucho viento en esos días, dejé la ventana abierta una noche, pensé que eran semillas de algo raro. Así quedaron las cosas, cuando un par de noches después entré a la cocina y miré la larga cola de una rata escapando por la ventana. Cerré todo, todo estaba lleno de carboncitos de nuevo. Al día siguiente sólo había un pensamiento en mi cabeza: cazar a la rata. Cerré las ventanas temprano y me fui a dormir. Desperté al par de horas, recordé que no apagué mi computadora. Pasé por la cocina y la vi. Me vio. La rata sobre la estufa. Corrió y trató de salir por la ventana pero ahora estaba cerrada. Así que se escondió detrás de la estufa. Fui por la escoba. Fui por veneno para insectos. Rocié todo con veneno hasta que la asfixié y obligué a salir. Intentó, de nuevo, huir por la ventana pero quedó atorada en el mosquitero. Un golpe rápido y seco con la punta de las cerdas y cayó, convulsionó, vomitó sangre y murió.

La maté con odio. Pero también con miedo. Si me mordía o mordía a los niños o a Violetta, tendríamos que ir al hospital, cosa que preferiría evitar a toda costa en esta era pandémica. Limpié con más odio aún, con cloro, excesivo cloro que me quemó los pulmones y me tumbó durante tres días con un dolor de pecho terrible. Aún así sobreviví, sobrevivimos, después de varios días de comer comida saboreada y quizá orinada por rata. Pues no solo yo dejaba las ollas con las sobras del día anterior sobre la estufa, sino que las dejaba destapadas, pues nada que no se muriera con el calor al día siguiente, pensaba. Excepto que la rata. Y la rata también orinó la estufa. Orinó y cagó en la insulación durante días. Me di cuenta varios días antes de descubrir a la rata, cuando quise hornear pan y el calor del horno levantó un tufo a meados que duró una hora en disiparse. Entonces pensé que se trataba de orines del perro, cachorro que orinaba por todas partes. Horneé heces y meados ratiles por una semana. Comí pan horneado con vapores de rata sin darme cuenta (nunca nada supo mal).

Así que cuando metí a la rata muerta en una bolsa y después arranqué la insulación y lavé la estufa, lo hice no sin cierta satisfacción. Asqueroso, pero satisfactorio. Y así quedó por unos días. Hasta que Violetta encontró un par de carboncitos en otro lugar. Nos pareció extraño, pero no había señales de que otra rata hubiera entrado. Lo que sí sabíamos es que había más ratas, pues afuera, en la lavadora, todas las mañanas amanecían alas de cucaracha y cacas de rata, como si alguna batalla épica de alimañas ocurrera todas las noches. Pusimos bicarbonato con menta, para ahuyentarlas, trampas de goma, pero nada. Las ratas volvían. Y volvían. Sólo que ya no entraban. O eso creíamos.

Una entró en algún momento, quién sabe cuándo. Pero cuando la descubrimos ya había pasado un mes desde la primera rata, quizá dos. Para entonces, cuando ocasionalmente me daba olor a meados de rata, yo asumía que se trataba de las de afuera, quizá en la lavadora, no tan lejos de mí. Pero no, estaba aún más cerca, pues la rata entró por una rendija pequeña una noche que cerré la ventana más tarde de lo que acostumbraba. Y la rata se escondió bajo el refrigerador, al lado de donde estaban los platos de comida del perro y de la gata. En ese mes escuché ruidos, un par de veces, algo fuertes, atrás del refrigerador. Aluzaba con el celular y nada. Lo mariguano también me hacía descartar que fuera algo real, así que nunca investigué mucho.

Una mañana, Violetta descubrió cacas saliendo de atrás del refrigerador. Encerramos a los niños y los animales. Y entre los dos la sacamos de ahí y la maté a escobazos. Esta vez con mucho odio. Y muy poco miedo. Quebré la escoba golpeando a la rata de manera brutal. La correteé por toda la casa, de esquina a esquina, ella tratando de encontrar un hueco por donde escapar y yo bloqueándole el paso con la escoba. Y varias veces estuvo a punto de lograrlo, a punto de escabullirse bajo la puerta, por la rendija de la ventana, bajo la estufa. El problema es que comió demasiado y engordó tanto que, al igual que una fábula de una comadreja que me gustaba mucho de niño, la rata ya no cabía y no pudo escapar. Murió en medio de mi sala, con varios golpes a la cabeza y el cuerpo. Convulsionó. “No mames, todavía está viva”, dijo Viole. “Ya está muerta”, le dije yo. “Pero, está respirando…” No, ya no respira, pensé. La pinche rata está muerta.

Recogí una montaña de mierda, tres veces del tamaño de la rata, que para entonces ya era del tamaño de un plátano mediano. Me sorprendió la capacidad que tienen para sobrevivir. Pero me sorprendió más que en todo ese tiempo su vida sólo fuera comer y engordar. Esperar a que nadie la viera para salir de su cueva a robar croquetas y nada más. No sé si para ella valió la pena, si esas últimas semanas de su vida, engordando con comida industrial, hayan sido los mejores días de su vida. No le pregunté. Pero sí sé que, por más terrible que sea, para mí valió la pena matarla. Me reconectó de alguna manera primigenia, al proteger a mi familia de un peligro potencial. Una parte de mí hubiera querido que simplemente la rata nunca hubiera entrado, que no hubiera decido anidar en mi cocina. Pero ya que lo había hecho, matarla me pareció lo más natural que pude hacer. Así son las cosas a veces.

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