viernes, noviembre 27, 2020

Carta a un amigo

Por Alicia Marie Méndez

Escribo una carta para un amigo. Le cuento los detalles de mi última merienda. “En el borde derecho del plato (es un decir, la circularidad sólo permite una frontera), tres manchas de mostaza, dipuestas en la misma configuración que las tres islas principales del triángulo de las Bermudas…” Pausa. Me levanto del escritorio, me pongo el cubrebocas, salgo por la despensa que trajo el Rappi. Desinfecto. Guardo. Regreso.

Le explico, entre minucias descriptivas, los planes de un proyecto. Aprovecho para, entre párrafos densos, confesarle un secreto, algo que en el fondo espero que ignore o que finja no haber leído. Ojalá lo olvide. Una vez escrito no puedo borrarlo. Escribo eso. Necesito un descanso. Pausa.

Entre párrafos pienso en la carta, en las posibles respuestas que puede recibir, pero más que nada en el acto de cartear, en la correspondencia. Comunicación diferida, afectada por los cambios en el tiempo/espacio, lo dicho hoy ya no es el mismo río mañana. Y pese a todo, pese a las semanas y las alternancias políticas del momento, una respuesta llega. Nunca la esperada, quizá mejor, o quizá parca y fría y aburrida. Todo depende del momento con el que se mira.

Yo te escribo hoy, o a lo largo de una semana, lo envío mañana. Tú lees y contestas 14 días después. Escribes de vuelta y, entre las posibilidades, concluyes que tantos días han concluido desde que te conté algunas cosas que lo más probable es que ya no se encuentren vigentes. O lo opuesto. La cuestión ahora es si en esta respuesta vas a responder de manera directa a mi monólogo previo así como a esas preguntas que acompañan toda carta, iniciar así una doble entrevista a lo largo de semanas, meses, años. ¿O será que prefieres responder a lo que consideras más importante en un primer párrafo para después anexar un ensayo sobre la Blanchot que llevabas semanas cultivando en tu imaginación, en sueños?

La verdad, te responderé meses después, es que nunca leí a Blanchot. Tenía un compañero en el Insituto que sólo escribía sobre él, ensayos, poemas, cuentos, todo sobre él. No le podías preguntar nada sobre literatura porque empezaba y ya no paraba. De alguna manera lo leí a través de él, de sus comentarios pertinentes y sus ubicuas observaciones. Así es que te hice creer todo este tiempo que lo conocía y que lo había leído, aunque si lo piensas no te dije que así era, nunca te mentí.

Pasan los días. Las semanas. Diario me pregunto si vas a volver. Recuerdo la náusea que se dibuja en tus ojos, las fisuras de tus labios desérticos. Si algún día regresas, te susurro, aquí estaré. Pasan los días. Las horas. Los minutos. Llega ese día en el que se cuentan los instantes, sublimado el tiempo en cristales pesados. Y después el olvido. La marea se lleva el recuerdo y lo regresa dosificado. De pronto el silencio total, la noche océanica sin pálpito.

Habrá muerto la amistad o el corresponsal. O estará en prisión. En una ocasión, un amigo con el que me carteaba terminó en la cárcel en Centroamérica y no me enteré hasta cinco años después, cuando fue comprobada su inocencia. Otra tragedia: el chico con el que mi abuela se iba a casar, un soldado norteamericano, se fue a la guerra en Corea. Durante meses las cartas llegaron sin falta, puntuales, hasta que no lo hicieron más. Más de una vez la respuesta simplemente no se escribió. Cuántos me dejaron de escribir y a cuántos más dejé de escribir yo.

Pero tú no, tú vuelves y vuelves. Y yo, a ti, sólo a ti, siempre te espero.

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