martes, septiembre 21, 2021

Subrayados, XV.

Por Javier Raya

Sólo somos capaces de perder el tiempo destinado, en la dimensión del crédito, a lo productivo. El tiempo libre, el del ocio, sin entender por esto nada asociado al entretenimiento de consumo y su industria, es tiempo relevado de su subordinación de facto al Capital. El tiempo del amor, incluso del pesar y del luto, no son “tiempos muertos” —hiatos improductivos entre dos ciclos de producción, ni siquiera digamos vacaciones, ese animal mitológico—, sino precisamente formas vivas de tiempo capaces de albergar todavía experiencias propiamente humanas. La soledad, para no ir más lejos, no es tiempo perdido ni que se le “resta” imaginariamente al tiempo de los otros, sino un tiempo vivido, en la acepción más diversa del término, en comunión con uno mismo. Comunión en la soledad: reconocerme en lo que tengo en común conmigo mismo.

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Nada se pierde para la mente. Ni lo reprimido, ni lo olvidado, ni lo que forcluye, ni lo reificado, ni lo narrado, ni lo pensado, ni lo soñado, ni lo escrito, ni lo publicado, ni lo borrado, ni lo malentendido, ni lo aprendido, ni lo que de más chocante existe en nosotros, ni lo que nos ha herido ni lo que nos cura. Nada se pierde para la mente, que es una palabra técnica para traducir “espíritu”.

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Los temperamentos religiosos tienen, sobre los laicos, una ventaja capital: el derecho a la intimidad del pecado. Un ateo no experimenta el mismo tipo de persecución de conciencia, por lo que su autocrítica debe ser especialmente desgarradora, porque no posee otra autoridad que su conciencia, la cual no le permite esconderse de sí mismo ni desentenderse de sus actos ni pensamientos. Dicho de otra forma: el ateo no puede venderse a sí mismo un crédito a la palabra como el religioso, quien, por medio de la confesión, opera una curiosa alquimia del verbo: la palabra que había de servir para liberarlo le permite ajustarse mejor el bozal en el hocico.

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Cuando decimos “yo” me figuro que la conciencia obtura, como una cámara fotográfica. Por un instante nos llenamos de una luz que nos ciega. Un reflejo de lo que dice yo se dice, se ofrece en un decir, se transporta, se muda, se transfiere, sin pérdida para ese yo; pero para ofrecer ese reflejo, durante ese instante del decir, lo que dice “yo” en mí queda opacado, borrado, en trance o en animación suspendida. Aparece yo (Je) adherido a unas formas que digo pero que nunca terminarán de decirme; efigie del mí (Moi) irrepresentable, formas de aire, palabras que no son ni siquiera el eco de ese soy de donde, al hablar, desaparezco.

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“De todas formas lo peor era cuando le clavaban las chanclas con un clavo y el poeta se metía en ellas y quería volverse a la mesa y no podía, así que por poco daba una voltereta, más de una vez se cayó sobre las manos, tan fuerte estaban clavadas esas chanclas, y otra vez puso a los clientes de vuelta de perejil: descendencia perversa, estúpida y criminal, pero en seguida les perdonaba y les ofrecía algún dibujito o libro de poemas, que inmediatamente cobraba para procurarse el sustento…”

—Bohumil Hrabal, Yo que he servido al rey de Inglaterra

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¿En algún universo alterno se habrán leído (o conocido) Hrabal y Donoso? A los dos les gustan los personajes solitarios, empleados menores, eternamente subordinados a un poder que no los amenaza sino que se sirve de ellos y recompensa su testimonio silencioso, su servicio. También la predilección por los ambientes de enclaustramiento, los orfanatos, las fábricas, las estaciones de trenes, los prostíbulos, los hoteles, las casas laberínticas, las descripciones arquitectónicas, el funcionamiento social como una máquina bien aceitada, pero no como lo haría un teórico político sino un fabricante de juguetes. Además, un tipo de humor que no tiene nada que ver con lo cómico sino tal vez con lo que se ha llamado “pantagruelesco”, una crueldad carcajeante, pero no malvada, una mandíbula que sonríe sin rostro.

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Tomando literalmente por un instante aquello de que el dormir es como un ensayo de la muerte y el despertar es como el nacimiento, ¿quién sueña si el que duerme ha muerto y el que recordará —fragmentariamente, con extrañeza tal vez— el sueño durante la mañana, todavía no nace?

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“…recordé el tiempo en que las cartas de Gertrudis se reducían a una frase enredada y obscena sin explicaciones ni preguntas, sin necesidad de respuesta.”

—Juan Carlos Onetti, La vida breve.

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Montaigne, Nietzsche, Freud: esa tradición de pensamiento que consiste en no desviar la vista a otro lado cuando aparece el horror (y que pone en problemas a los encargados de librerías).

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Reviso cuadernos viejos del final hacia el principio, a pesar de que en diversos periodos tengo la costumbre de numerar las hojas o llevar la cuenta de los días. A veces transcribo literalmente una frase o una cita, y a veces una frase o cita me permite poner al día mi opinión en otro texto. A pesar de que defiendo la condición de borrador perpetuo de cualquier escritura, creo que “borrador” no debe entenderse como un primer intento o como algo a completar, sino más bien en el sentido en que los dibujantes hacen estudios de cosas que se les dificulta dibujar: ojos, narices, bocas, cabellos, clavículas, dobleces de carne, texturas, que no son retrato sino anatomía.

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