domingo, octubre 17, 2021

Subrayados, XII.

Por Javier Raya

Encontré fotocopias de los siete números de la revista S.Nob a un lado del ducto de basura de mi edificio. Nadie sino R., mi vecino, pudo haberlos d0ejado ahí, a no ser que el grupo de cantoneses que viven enfrente hubieran desarrollado un gusto súbito por las revistas mexicanas de vanguardia del siglo XX. Naturalmente, al verlas, tuve que persuadirme a mí mismo de no estar soñando. Procedí al reality check de rigor (pellizcarme, tratar de volar, ver la hora, recordar que no uso reloj, etc.) y me convencí de que ahí estaban, en efecto. No pude evitar hojearlas ahí mismo, con mi ridícula bolsita de la basura todavía en la mano: los dibujos de Topor y José Luis Cuevas arruinados (¿o mejorados?) por las fotocopias, la columna de medicina de García Ponce, “the children’s corner” de Leonora Carrington, textos habituales de Jorge Ibargüengoitia, Tomás Segovia y Alexandro Jodorowsky, toda una nómina de locos metida en las mismas páginas. En vez de empujarlas por el ducto las traje a casa, a pesar de los reparos de Tania, que me ha regañado otra vez por meter basura cuando salgo a tirarla.

*

“El nombre secreto es, en realidad, el gesto con el cual la criatura es restituida a lo inexpresado. En última instancia, la magia no es conocimiento de los nombres, sino gesto: trastorno y desencantamiento del nombre. Por eso el niño nunca está tan contento como cuando inventa una lengua secreta.”

—Giorgio Agamben, Profanaciones

*

En el spoken word, el tono —en sentido musical y literario— de lo que se pronuncia es tan importante como los personajes para una narración. El recurso vocal es una capa extra de sentidos en pugna por la atención del escucha/lector; de ahí su relevancia como técnica que puede nutrirse de la teoría literaria para poemas “de página”, pero que puede nutrirse también de teoría musical, de técnica corporal y de performance. En este tiempo he escuchado muchas veces que los spokenworderos compensan escénicamente —con disfraces, objetos, ademanes— sus carencias literarias; creo que puede ser cierto en algunos casos, pero que no es una condición de la disciplina, y en todo caso es una visión reduccionista.

En contraposición podría decirse que hay poetas que parecen profundos gracias al dispositivo “página” y al respeto que se le suele prodigar; hay muchas formas de pensar y escribir fuera de la página —la literatura digital es un buen ejemplo—, de las cuales la voz es un recurso maravilloso que los poetas de página no siempre saben aprovechar. ¿Cuántos buenos poetas de página arruinan sus textos al leerlos? ¿Cuántos maravillosos spokenworderos pierden todo el lustre cuando se les lee en vez de escucharlos?

*

Somos lo que las palabras han hecho de nosotros: ordenan nuestra mente y nuestras ideas, en la medida en que aprendemos a respetar la sagrada ley que dice que algo existe en la medida en que puede ser verbalizado. Y me acuerdo de pronto de J., mi maestra de semiótica: luego de regresar de un retiro Vipassana de 10 días (una de cuyas prácticas más importantes es el voto de silencio) nos dijo: “No tengo nada qué decirles. El lenguaje verbal no es la única ni la mejor forma de comunicación entre los seres humanos. De verdad no sé qué decirles. No sé qué voy a enseñar a partir de ahora.” Luego la vi derrumbarse, pero se veía —desde la posición del observador casual— más entera que nunca.

*

“La violación [sexual] sirve como medio para afirmar esta constatación: el deseo del hombre [del macho humano] es más fuerte que él, no puede dominarlo.”

—Virginie Despentes, Teoría King Kong

*

Las grandes batallas del espíritu se dieron —se dan ahora, tal vez en este preciso momento— en patios, en cantinas, en algún aula solitaria —que a fuerza de ser una ya no es aula—, o en una página que no será publicada ni su autor conocido. Es como pasó con los Estudios de Conlon Nancarrow: el que puedan o no ser interpretados es irrelevante; la música existe a pesar de que pueda ser tocada, por un ser humano o una máquina, lo mismo da. Llamo “grandes batallas del espíritu” a los más nimios logros estéticos, los que impulsan al bicho humano —como dice Franco Narro— unos milímetros por encima de la muerte.

*

Me he propuesto, como Orson Welles en F for Fake, decir la verdad durante la próxima hora. Llevo 20 minutos y me estoy aburriendo enormidades. No sé cómo hace la gente honesta para ir por ahí diciéndole al pan pan y no, por decir algo, “en tristes, terribles sucesos, no siembro trigo como los abuelos, siembro gritos de rebelión en los pueblos hambrientos, / la hospitalidad provincial empina la calabaza y nos emborrachamos/ como dioses que devienen pobres, se convierten en atardeceres públicos y echan la pena afuera / dramáticamente…”, que dice Paulo de Rokha cuando le da por decir pan, o como dice Carlos Droguett, simplemente “tu pan no era de este mundo”, y aunque parece que hablaba de Jesús, hablaba también de De Rokha, aunque secretamente. Pan que en la puerta del horno, etc. No sé cuánto tiempo va ni cuántas veces he mentido hasta aquí, que me saquen este reloj de encima, que me asfixio.

spot_img
A %d blogueros les gusta esto: