martes, noviembre 24, 2020

Sentarse a escribir: por qué escribir

Por Ensō Rōshi

La escritura es el habla del espíritu. Si escribimos escuchando a nuestro corazón la palabra será fiel en todo momento a nuestra esencia, que es la de la naturaleza, la de Buda. Escribir como acto de meditación es uno de los caminos a la verdad. No podemos fallar si escribimos con la forma perfecta, con la resonancia de cada palabra (caracter) dibujando olas en el mar.

En el Zen la escritura es un acto de contemplación. No juzgamos ni buscamos una fórmula predeterminada. Escuchamos cada palabra para dibujarla según su naturaleza, así como contemplamos las imágenes y las traducimos a trazos. La escritura es la migración de las aves. La escritura es la llovizna de las seis de la tarde.

A través del desprendimiento del Yo durante la escritura entendemos la belleza de la vida y de la muerte, de nuestro presente. La podemos entender porque es incomprensible. Podemos escribirla porque sólo la contemplamos y dejamos que nuestras manos la representen. La escritura sólo existe durante el acto de escribir, que es el acto de respirar con mesura y perfección.

Escribimos para respirar, escribimos respirando, respiramos escribiendo. Escribir, como respirar, puede ser un acto invisible y constante, una puerta entre dos mundos. Habrá quién diga que hay vanidad en la escritura, pero no cuándo se practica con la forma perfecta, cuando se escucha al corazón de una manzana latir como si fuera un ave y se observa. Escribimos para observar, escribimos observando. El papel escrito es una pintura que puede volver a contemplarse como se contempla a una papa que crece o a una ola que nace.

Pero si en el camino pensamos en la fama y en el público no escribiremos más con el corazón y erraremos. Distraerse del acto de escribir no nos permite escribir. Sólo tiene sentido escribir para escribir, todo lo demás es equivocado. Cada que escribimos para otra cosa que no sea escribir es como escribir sobre otra cosa que no sea escribir. Por eso no hay manera de escribir sin equivocarse. Sólo equivocándose puede adquirirse la perfección. Observar las digresiones es el camino de Buda.

Para nosotros eso es la escritura y por eso escribimos. Buda descansa al otro lado del tintero. Como en cualquier cosa, el acto de escribir es lo que importa.

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