viernes, noviembre 27, 2020

Sentarse a escribir: caligrafía

Por Ensō Rōshi

Escribir la palabra «caligrafía» es sentirla. Para sentir se debe habitar un círculo abierto que en su girar entorna los precipicios del universo y del Yo: me vuelvo la palabra y la palabra el universo. El círculo no es un receptáculo ni tampoco obligatorio. Sin el círculo no podrían caer las hojas del cerezo ni repicar las olas aunque su ausencia no los detiene.

Así es que la caligrafía es un círculo que comienza por el final. El trazo no se corresponde a los sentidos de la estética que se deforman con la expectativa del pasado sino a la naturaleza del pincel, de la tinta, del círculo. Esto me lo dijo un maestro alguna vez y no lo entendí y en vez de contemplarlo escribí: «Shodō» (書道). Él, en respuesta y pregunta, pintó un círculo.

¿Cómo puede ser el camino circular si se avanza sólo hacia adelante? Porque un paso al frente es un paso atrás y un paso a la derecha es un paso a la izquierda. Un círculo que se pinta como el reloj va en sentido opuesto. Un círculo cerrado se encuentra abierto. Un círculo vacío está lleno.

¿Cómo es tanta contradicción posible?, pregunta el discípulo. Si al exhalar vacío mis pulmones y al inhalar los lleno del mundo, ¿cómo podría ser lo opuesto? Si el espejo pinta el opuesto, ¿es el espejo realidad aunque se trate de un reflejo? El maestro esta vez guardó silencio: escribió un poema en la arena del monasterio.

Estanque espejo:
nubes, cielo, tu rostro…
basta un pétalo…

El discípulo contempló el poema. Después tomó el rastrillo y barrió las palabras del suelo. El maestro asintió. El discípulo siguió barriendo hasta el anochecer.

Así los sueños se borran al despertar. Si se cuentan permanecen hasta que esa conversación es barrida por el calor o el hambre. Y quien escribe los sueños habrá de saber que un día el papel también será polvo y el círculo se habrá trazado hasta el comienzo. Ni siquiera las montañas, ni siquiera Buda. Basta un pétalo.

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