viernes, noviembre 27, 2020

Sentarse a escribir: aprender a sentarse

Por Ensō Rōshi

Para escribir primero hay que sentarse. Antes de pensar si hay una manera correcta de sentarse, si lo ideal es tener una silla cómoda o si debe ser en un banco o en una plataforma rígida, ya sea el suelo o una silla de metal incómoda para no propiciar el letargo, o en una superficie blanda como un cojín o si el sentarse es un decir y puede hacerse recostado en la cama como Akutagawa al final de sus días o de pie como Hemingway, primero hay que sentarse. No importa qué se vaya a escribir, no importa si hemos masticado el tema por meses o minutos o si apenas se trata de una idea recién surgida, si es el siguiente capítulo de una novela, un cuento, un poema, la lista del quehacer, caligrafía, antes de escribir hay que sentarse.

Una vez que nos hemos sentado debemos permanecer sentados. Pueden ser diez minutos o dos horas, dos días o diez semanas, pero en ese tiempo, en el que puede que escribamos un caracter, una línea, dos párrafos o diez páginas, debemos permanecer sentados. Mantener la misma posición, concentrados en no movernos de esa posición, es como adquirimos la forma correcta de sentarnos. Sólo una vez que adquirimos la perfección es posible, en verdad, escribir. Para entonces nos daremos cuenta de que llevamos ya tres meses o un año sentados y que hemos escrito, pese a que creemos no haber hecho ningún acto en todo ese tiempo.

Pero Maestro, pregunta el discípulo, si para escribir hay que sentarse y no pensar en sentarse correctamente, ¿cómo puedo saber cuándo llegaré a la perfección si no me dice un método para sentarme? Y el Maestro le contesta: para poder sentarse correctamente primero hay que escribirse, escribe y entonces te sentarás con la forma perfecta. No hay sentarse sin escribir, ni escribirse sin sentarse.

Para escribirse primero hay que ser la montaña. Observar desde la apacibilidad de los ojos cerrados. Si la nube se posa sobre tu cabeza no la soples, ni la ignores, ni la observes. Respira la nube, respira la brisa del mar, para que como la montaña seas también el mar y el cielo. Sólo entonces podrás escribir, sólo entonces te habrás sentado correctamente.

Pero Maestro, pregunta el discípulo, ¿cómo puedo ser la montaña si mi cuerpo tiene necesidades menos solemnes o si mi hijo me necesita, cómo puedo ser el mar y el cielo y no llorar ante la miseria y el sufrimiento de mis hermanos y hermanas? Y el Maestro le contesta: sé el río y el manantial de la montaña. Sé el nutrimento y el sustento y serás autónomo como la montaña. Sólo entonces te sentarás con la forma perfecta.

Por eso escribir es sinónimo de sentarse aunque no siempre que se sienta se escribe ni toda escritura se asienta. Se escribe sentado y lo importante no es pensar cómo se sienta ni cómo se escribe, ni sobre qué se sienta ni sobre qué se escribe, ni por qué se sienta ni por qué se escribe. Lo importante es sentarse sin un motivo ni un fin, sin una idea preconcebida de lo que sentarse a escribir significa o representa o involucra. Sentarse es escribir y escribirse es sentar. Escribir es ser la montaña y la montaña es Buda.

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