martes, septiembre 21, 2021

Juan Rodolfo Wilcock

Por Juan Pablo García

El enciclopedista, ingeniero, filólogo, demiurgo de demiurgos e inventor de inventores, Juan Rodolfo Wilcock, nacido en Buenos Aires y muerto en Viterbo con un libro de Wittgenstein entre las manos, escribió en la mesa de su casa ahora vacía, lo que es a buena consideración su opus magnumLa sinagoga de los iconoclastas. Su amigo Ruggero Guarini cuenta que en aquel lugar escasamente amueblado, ubicado en las soledades campiranas de alguna región de Lazio, había, además de la mesa, un pequeño librero y un guardarropa con ropa de segunda mano: dos viejas chaquetas, tres o cuatro camisas desgastadas, algún pullover agujereado y unos cuantos pantalones de pana, así como un teléfono con el cual se comunicaba con los amigos que había dejado en Argentina, entre ellos Adolfo Bioy Casares, Silvina Ocampo y Jorge Luis Borges, al que siempre y por puro placer intelectual Wilcock se encargaba de contradecir.

Rara vez se le vio paseando por Roma en su viejo Volkswagen color púrpura, probablemente sin dirección alguna, contemplando desde su ventanilla los siempre infernales paisajes citadinos; Wilcock tenía pocas certezas, una de ellas, según su amigo Pier Paolo Passolini, era que antes que nada, desde siempre y para siempre, no ha existido otra cosa salvo el infierno. Esa era, tal vez, la causa de su caustico humor, una exageración de lo trágico ante la que sólo le quedaba posar su sonriente mirada cadavérica, que críticos poco avezados y más bien atrevidos, han calificado como una transparente y poética carcajada.

Los adjetivos de los críticos seguramente decepcionarían a Wilcock, que también es considerado un caricaturista de sus propias visiones así como un biógrafo de sus sociedades oníricas, en las que conoció al eminente filósofo y relojero del siglo XVIII Absalon Amet, precursor de toda la filosofía moderna, que aparte de filósofo era también un hombre hábil, dedicado a los mecanismos de todo tipo e inventor del primer filósofo autómata, que no era otra cosa que un conjunto bastante sencillo de ruedas movidas por muelles y reguladas en su movimiento por un mecanismo especial de resorte que detenía periódicamente el engranaje. Cinco (en la versión inicial) ruedas coaxiales, de diámetro diferente, con otros tantos cilindros gruesos y pequeños, enteramente recubiertos de etiquetas, cada una de las cuales llevaba escrito encima un vocablo. Estas etiquetas iban pasando sucesivamente ante una pantalla de madera dotada de ventanillas rectangulares de modo que en cada pausa, mirando por el otro lado de la pantalla, podía leerse una frase, siempre casual pero no siempre desprovista de sentido. 

Mientras el relojero se encargaba de perfeccionar y aumentar la cantidad de palabras posibles, su única hija, llamada Plaisance, transcribía y editaba los aforismos que la máquina iba arrojando cual coneja en labores de parto, aforismos que pueden leerse en alguno de los tres ejemplares desvencijados y olvidados en la biblioteca de Pornic: “El universo nace de mucha pasión”, “El gato es indispensable para el progreso de la religión”, “La vida gira hacia igual punto”. El Filósofo Mecánico Universal de Absalon Amet es arquetipo del filósofo actual, producido en masa por las más distinguidas instituciones educativas. Recientemente el autómata se ha convertido en un Santo Patrono de los así llamados poetas de vanguardia.

No muy lejos de la etérea aula en la que Wilcock conoció a Absalon Amet se encuentra la tumba del escritor Yves de Lande, seudónimo del ingeniero y comerciante Hubert Puits, el único que hasta ahora ha logrado industrializar la creación literaria, es decir, el único que en la Historia Oficial de la Creación Literaria ha logrado establecer, propiamente y en forma, una fábrica de novelas, en la que solamente podían trabajar chicas sanas y avispadas, poco propensas a la afirmación personal; Huber Puits propone un tema para su novela y lo demás es trabajo de oficina. Wilcock escribió su Sinagoga, inspirado en Absalon Amet y Yves de Lande, así como en Jesús Pica Planas, inventor entregado a la ideación y realización de aparatos que sorprenden por su inutilidad, tales como un plato especial con hendiduras para comer espárragos, una máquina para reparar las puntas de los mondadientes usados y un ventilador de chorro monofocal para hacer ondear la bandera nacional cuando no hace viento.

La Sinagoga es una enciclopedia de obras imposibles, posibilitadas por las capacidades proyectivas y diseñadoras del lenguaje y la imaginación. Enlistando unas cuantas, encontramos un opúsculo contra el uso de las sillas escrito por Roger Babson, científico, agente de bolsa y dueño de una tienda de diamantes, que busca una sustancia capaz de abolir la fuerza de gravedad; Llorenc Riber, un dramaturgo famoso por su versión teatral de las Investigaciones Filosóficas de Wittgenstein; Cyrus Reed Teed, alquimista al que una mujer le revela en sueños la estructura real del universo, la más auténtica y veraz de todas las cosmogonías hasta ahora especuladas, en la que la tierra es considerada como una esfera vacía dentro de la cual está contenido el universo, en dicha teoría Reed compara al universo con un huevo, nosotros vivimos pegados a la superficie interna de la cáscara; en el vacío central de ese huevo están colgados el sol, la luna, las estrellas, los planetas, los cometas y en torno a ellos el cielo y las nubes; fuera del huevo, la nada absoluta. En suma, La sinagoga es un catálogo de teorías del ridículo, un circo orgiástico por el que desfilan utopistas, telépatas, biólogos, teólogos, etnólogos, astrólogos, antropólogos entre otras siniestras figuras, ninguna, en palabras otra vez de Passolini, tan mierda y ridícula como lo es en la vida real.

// Estos textos fueron escritos con apoyo del PECDA del estado de Puebla en 2014.

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