viernes, mayo 7, 2021

Eihei Dōgen (1200-1243)

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Por Juan Pablo García

La escena es así, o más o menos así. El niño de ocho años mira agonizar a su madre en el viejo tatami de paja que hay en la habitación. Tal vez él le ha llevado algo de comer que ella ha rechazado porque ya no tiene hambre y sólo quiere decirle a su hijo unas últimas palabras, la última instrucción que sea para él como un mapa o un oráculo: tu deber en el mundo es ayudar a la salvación de los seres y para ello tendrás que convertirte en un monje. El pequeño entiende poco o casi nada de lo dicho por su madre, sin embargo quedará indeleble en su memoria y en su voluntad. La madre muere y Dōgen se resguarda en casa de su tío poeta. Él lo alimentará y le enseñará de las palabras.

La tragedia le volvió crítico, fue la perplejidad ante la muerte lo que le hizo fijar la mirada en un punto incierto del horizonte y preguntarse un por qué, para recibir, como se recibe a un dios violento y absurdo, un silencio eterno. A los pocos años de empezar a estudiar, una duda inmensa le acompaña, nadie quiso o nadie pudo responderle. “Si en la enseñanza de Buda todos poseen la naturaleza de Buda, por qué entonces adoptar prácticas especiales para alcanzar el estado de Buda.” Una respuesta fría y seca, por no decir occidentalizada y moderna, diría que se debe realizar a cada momento eso que somos en potencia, pero esas palabras están lejos de ser una respuesta verdadera.

Instrucciones para el cocinero de un monasterio zen es el título del corto texto que Dōgen escribe a los treintaisiete años, cuando es director de un monasterio. La figura del cocinero le ha causado siempre una atracción misteriosa. Le asombraba que después de tantos años nadie hubiera dejado una consigna sobre el tema de la cocina; también le indignaba y le parecía insoportable que en su país la gente no diera más importancia a la comida que la que le podían dar los animales de pelo y pluma. Su fijación por la cocina tiene el rasgo íntimo de la experiencia que lo llevo a la iluminación. Fueron dos los cocineros los que le proporcionaron una enseñanza inesperada, espontánea, fuera de las prácticas obligatorias del monasterio. La cocina es una actividad de Buda, de eso se dio cuenta y ésa es, en esencia, la respuesta que solucionó su duda de juventud.

Ahora debemos imaginar a aquel joven dudoso y crítico dirigirse hacia la sala de reposo del monasterio, tenemos que espiarlo porque él espía a alguien, visualizarlo al final del pasillo mientras mira a través de una galería al cocinero, un monje de edad avanzada llamado Yung, que seca unos champiñones para prepararlos al día siguiente. La descripción que hace Dōgen de este hecho no está exento de cualidades literarias de gran valor: “El tórrido sol quemaba el suelo. El cocinero iba y venía chorreando sudor, volteando una y otra vez los champiñones con toda su alma. Era un trabajo ingrato y abrumador. Su espalda estaba tensa como un arco y sus blancas cejas parecían un penacho. Me acerque a él y le pregunté su edad. Sesenta y ocho años. ¿Por qué no le pides a un sirviente que haga esa tarea? Porque aquello que hace otro no lo puedo hacer yo.”

La respuesta del viejo tocó un punto sensible y nació en el joven la intuición de que la labor de cocinero, como cualquier otra que no estuviera directamente relacionada con el propósito de hallar la iluminación, podrían ayudar a alcanzar aquello de lo que todos hablan pero nadie puede saber sino mediante la experiencia. No pedir a otros lo que podemos hacer por nosotros mismos, más que una confrontación hacia las propias obligaciones, es un deber natural hacia el impostergable presente; luego de haber comprendido la magnificencia de lo cotidiano mediante la propia experiencia podemos hablar de la iluminación.

Inconforme con la enseñanza que ha recibido, parte a China. Al llegar a puerto decide quedarse en el barco unos cuantos días como alguien que espera algo importante sin saberlo. No tardará en aparecer otra vez la figura del cocinero y los champiñones. Esta ocasión tenemos que imaginar a Dōgen al caer la tarde platicando con los comerciantes que le acompañan en la embarcación de madera. Debemos también imaginar, en otro punto de ese mismo instante, a un viejo cocinero que emprende una caminata de veinticinco kilómetros desde el monasterio hasta el puerto.

Al verlo aproximarse, Dōgen sabe, por la manera de vestir, que es un monje y que cocina, y no duda en invitarle un té después de que ha comprado los champiñones traídos desde Japón, pero el cocinero se niega y Dōgen, ansioso, lo empieza a interrogar “¿Por qué no te consagras solamente a la práctica de la meditación o al estudio de las palabras de los antiguos maestros en lugar de afanarte como cocinero sin hacer más que trabajos manuales?” El cocinero, en ese tono burlón que suelen tener algunas veces los sabios, le dice que su pregunta demuestra que no ha comprendido aún la Vía, ni las palabras ni las letras. Desesperado, Dōgen le pregunta qué es lo que entiende él por aquello que llaman la Vía, a lo que el anciano contesta: Si no titubeas en estas preguntas esenciales seguramente eres un hombre de la Vía.

Años después el cocinero, más viejo y tal vez más sabio, encuentra a Dōgen, quién vuelve a preguntarle qué entiende por las palabras y las letras, qué es la práctica de la Vía. La respuesta del anciano es misteriosa: Uno, dos, tres, cuatro, cinco. No se esconde ningún tesoro en el universo. Entiende así que aquello que sus maestros buscan practicando la meditación y leyendo los textos sagrados está en todas partes y se puede alcanzar con cualquier actividad cotidiana que nos exija cierta disciplina.

Por último es fundamental imaginarnos a un Dōgen mayor, sin tantas dudas, director del monasterio, leyendo un poema de Setcho Juken, que le hace recordar y entender nuevamente su encuentro años atrás con el viejo cocinero:

¿Una palabra, siete, tres o cinco
para captar la verdad de las Mil cosas
que forman del universo?
No te fíes de ellas.
En la noche profunda,
la luna brillante ilumina el vasto océano.
La joya del dragón negro que buscas
está aquí y allí y por todas partes.

No hay gran diferencia entre la preparación de un plato de arroz y la de un texto; en este sentido, tampoco hay gran diferencia entre leer un texto y alimentarse: cuando alguien come devuelve al infinito ese alimento, cuando alguien lee devuelve al infinito esas palabras. Establecer de buenas a primeras una relación entre la cocina y la escritura puede parecer un tanto arriesgado, pero así fue la manera en la que Dōgen utilizo la escritura, como alguien que prepara algo al fuego y lo ofrece al otro como si fuera un plato de arroz. Dōgen no fue cocinero de ningún monasterio.

Dōgen escribió mucho y con disciplina. Cada uno de los capítulos del Shōbōgenzō, texto clave en la tradición del budismo zen, tiene una dedicatoria que nos da muestra del peregrinaje de su autor por los distintos monasterios. Cada lugar que Dōgen visitó fue un pretexto para escribir, a manera de ofrenda, un texto breve en el que explicaba aquello que la gente necesitaba leer según las preguntas que le hacían. Curiosamente Shōbōgenzō significa Tesoro del Verdadero Ojo del Dharma, y podemos decir, en relación a lo dicho por un viejo cocinero a su autor, que ese libro es el tesoro que nos enseña que no hay tesoro.

// Estos textos fueron escritos con el apoyo del PECDA del estado de Puebla en 2014.

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