viernes, mayo 7, 2021

De silencio y naufragio, III.

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Por Juan Pablo García

15. Sabemos de la belleza por nuestra necesidad de aceptar el vacío y lo terriblemente inexplicable de lo eterno y el dolor; existe en ella un instinto divino, que tiene que ver con nuestra presencia en este instante: sabemos de la belleza porque somos partícipes de ella, porque estamos aquí, hemos naufragado y no buscamos un puerto ni las luces de un barco.

16. La creatividad como ejercicio de atención nos obliga a la presencia del instante; la creatividad nos conduce a la belleza mediante la condensación del trabajo creativo que ocurre siempre en ese instante. Es necesario escuchar a François Cheng cuando dice: La unicidad del instante nos recuerda nuestra condición mortal e inmortal. La belleza es un instante. La belleza nunca es fija […] Como presencia cada ser está virtualmente habitado por la capacidad de belleza, y sobre todo por el deseo de belleza […] cada presencia que no puede ser reducida a nada más, se revela como trascendencia.

17. Leo en San Juan de la Cruz que para ir a lo que no sabes has de ir por donde no sabes. Pienso en las posibilidades de recorrer ese camino escribiendo. Pero soy apenas las manos de un ciego y en las manos del ciego que soy habita la ansiedad por la luz. Quisiera ser yo el ciego mismo, el ojo mudo que no se detiene, un ojo que de tan oscuro deja entrar toda la luz. Mis manos alimentan con estas palabras mil bocas sedientas, mientras yo, tímidamente, trato de regar el árbol del silencio. Nado con más fuerza pero solamente logro aumentar la tempestad. Me golpeo el pecho para que brote la flor ciega de la inocencia. Busco entre mis dedos el fruto y solo encuentro uñas rasgando indiferentes el viento. No debería olvidar aquí las condiciones del pájaro solitario: ir a lo más alto, no sufrir compañía aunque sea de tu misma naturaleza, poner el pico al aire, no tener ningún color determinado, cantar suavemente.

18. Nado en calma y me siento solo hasta que algo viene y me dice: Ve recto abanderando una verticalidad de palomas; ya vendrá una migaja de pan y descenderás por ella como quien sube al cielo. Baja hasta el fondo del océano y aprieta en tu mano esa semilla de agua que te nace cada mañana entre los dedos, siémbrala, sumérgete aunque no sepas nadar y aprende ahí a respirar más allá de tu vida y tu muerte. Olvida cómo se escribe, estas perdido, estas purificado. Empieza como empieza el día, sé tu lapso, tu ciclo. Háblate de lo que tú mismo desconoces. Recuerda cómo hacen pan las manos del hombre o cómo se enciman las piedras que forman las montañas, deja que las cosas vengan a ti como viene el calor al pan y como vienen las piedras a la montañas. Abre los ojos bajo el agua y ordeña con miradas la mirada del abismo. Encuentra en tu camino el camino sembrado de parpados que laten en su oficio de artesanos de la atención. Hazlo cada día, olvida cómo se escribe, corrígete como se corrigen con su cauce los ríos: vuélvete un agua ciega, sediento y desbocado, por ti hablará el cauce. Tu cuerpo y tu voz son un párpado extendido al viento en una plegaria de sábanas blancas.

19. Yo quisiera hablarte de Dios pero Dios no es un rincón ni un silencio. Yo no sé qué es Dios pero Dios no es un abismo ni una pradera ni una metáfora. Yo quisiera darte ese afuera de Dios que es Dios. Yo quisiera esconder a Dios pero no hay manera de hacerlo. Quisiera escribirte un asombro pero Dios no es una pera que madura en silencio hasta pudrirse y reventar en Dios. Dios habla cuando tú callas, Dios habla cuando Dios calla. Sin tocarle los remos al mundo cae hasta descubrir esa mano suave y muda que te acaricia toda la piel y te cobija con silencio el silencio, con vértigo el vértigo.

20. Vuelvo a casa. Por el camino veo cómo despiertan los pájaros arropados por nubes grises que se arrastran hasta golpearme el rostro. Es la niebla en el amanecer, que entra en mí para volverse calma y hacer estallar en lo lento mi mirada. Veo detenidamente los edificios, las calles vacías, el sol que se levanta poco a poco entre cortinas de nubes que hacen del cielo algo palpable. Al avanzar la niebla se hace densa, desaparecen las imágenes, las calles, los edificios, todo el horizonte se contrae en lo gris. A tientas voy por este camino que he recorrido mil veces y ahora descubro como por vez primera. He olvidado el deseo de llegar a casa; yo ya no sé qué es una casa. Me detengo y miro mis pies descalzos en el lodo, cierro los ojos un momento para recibir el abrazo de la niebla que es también el abrazo de la contemplación y el asombro. Y van lentos mis pasos entre la espesura hasta que algo se abre en mí sin miedo a la desesperación de la mirada limitada; extrañamente hay en este borroso caminar una sensación de eternidad. Pienso y creo que una transparencia aparecerá en cualquier momento, pero esa certeza se quiebra cuando escucho que mis pasos en lo impredecible son el único centro que arde y por el que ardo, un faro sonoro entre la soledad porque la niebla se ha tragado también todo el ruido del mundo. Piso las hojas secas que crujen como palabras arrancadas de la boca del silencio. Escribir es el camino para aprender a escribir y también para aprender a callar, lo digo ante el sofoco provocado por la niebla, que me da las pistas necesarias para escribir mi caminar en su vientre. Pienso entonces en la escritura y en la posibilidad de construir un mecanismo de transparencias, como si todo el que lee o escribe fuera un explorador de la niebla, un contemplador asombrado.

// Estos textos fueron escritos con el apoyo del PECDA del estado de Puebla en el año 2014.

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