viernes, mayo 7, 2021

De silencio y naufragio: Simone Weil

Por Juan Pablo García

Cuando entró a esa habitación en Ashford a cuarenta kilómetros de Londres supo que ahí moriría, se lo dijeron los árboles que se ven por la ventana y el cielo siempre nublado a mediodía. Ella dijo su intuición en voz alta como alguien que se confiesa ante un Dios que está en todas partes y en ninguna: aquí moriré. La enfermera que cargaba su maleta le escuchó y a manera de consuelo le dijo que todo estaría bien; ella no pudo estar más de acuerdo, había algo en la luz que entraba por la ventana que la hipnotizaba amablemente. A la mañana siguiente la enfermera le llevó manzanas rojas y un libro con reproducciones de Cézzane. Simone pensó que el sabor de una manzana constituye un contacto con la belleza del universo del mismo nivel que la contemplación de un cuadro del pintor.

Los días pasan y nadie la visita. Está lejos de todo y en ocasiones le sube por la garganta el sabor metálico de la sangre. Lejos, en la otra orilla de la memoria, están las comidas en las que su padre luchaba contra el tiempo perdido y les exigía, a su hermano y a ella, una conversación interesante cada tarde.

Como hormigas que le trepan desde el cuello a la cabeza llegan los pensamientos de la desgracia del mundo, que es su propia desgracia. No le basta con sacudir la cabeza, son hormigas de misericordia ante su deseo por la verdad. A ella le gusta sentir el peligro de saber que pueden entrar por sus oídos en cualquier momento. El cansancio en sus huesos, en su piel, en sus ojos, le hace vislumbrar a Isaías gritando que todos los que aman a Dios jamás están cansados. Simone saca un cuaderno del cajón y escribe, tal vez, una carta a sus padres, tal vez algún aforismo pletórico de sabiduría, como si esas hormigas le hubieran entrado por los oídos para salir por sus manos con pedazos del cuerpo de Cristo a cuestas: la atención a cada palabra es lo que le ayuda a olvidar el dolor.

Está cansada y no sabría cómo explicarle a un niño el vínculo entre la desgracia de los hombres y la perfección de Dios. Hace de cada palabra un santuario vacío donde puede decirse sin secretos, aunque cada palabra la canse un poco más. La certeza de que podrá conocer la verdad el día en que su desgracia física llegue al punto más alto la ha acompañado desde que era estudiante en el liceo. Simone tiene miedo a fallar en la muerte, pero su fe es grande y sabe que el día que muera conocerá la verdad.

En 1928, Émile-Auguste Chartier, mejor conocido como Alain, fue su profesor de filosofía; ella tenía diecisiete años y él sesenta. El primer acercamiento de Alain con Simone fue una lección de caligrafía; los textos de Simone eran ilegibles debido a una caligrafía instintivamente abstracta que solo ella podía descifrar. Antes de sentarse a leer a los presocráticos, Simone ejercitaba la pluma dos horas en un cuaderno a doble raya; círculos y más círculos que se concatenaban cíclicamente, como un uróboros; en un principio líneas irregulares pero al final la precisión como un símbolo de la atención que le iba creciendo en la consciencia a la manera de un cielo translúcido.

La disciplina casi monástica de Simone para con la caligrafía recuerda la práctica del Enso en el budismo zen, en la que diariamente el monje después de horas de meditación, traza con un pincel en papel de arroz un circulo como símbolo de su unificación al vacío esencial y a la libertad mental para que el cuerpo y el espíritu puedan crear.

Una vez que la letra de Simone es legible, Alain le exige una escritura cristalina con sus pensamientos, que progresivamente irán corrigiendo su prosa al igual que se corrige un río: por su mismo cauce, aceptando los aparentes errores de las rocas y la contracorriente. Esto significó una manera de aprender a pensar y a escribir, así como de aceptar las contradicciones y el error; y tal vez una forma de aproximarse a algo más allá de la perfección.

Simone está sentada frente a un muelle sin barcos. Tiene catorce años y la sensación de ser un día nublado. Todos han partido. La han dejado ahí con unas ganas infinitas de aprender a remar para saber de una vez por todas qué es el mar. No puede reprimir el impulso de arrojarse a las olas pero es profundamente débil para aprender el arte de navegar, débil también para levantarse, caminar a la orilla y dejarse caer. Su hermano, al que muchos comparan con Pascal, se ha ido en una lancha a transcender ese horizonte marino que ella mira desde la banca, ese horizonte al que los grandes hombres se adentran para conocer aquello que llaman la verdad. Y se queda mirando cómo se repiten las olas hasta darse cuenta que ese mar que mira le devuelve la mirada. Se he percatado así que su pensamiento se detiene cuando se detiene su experiencia. Entonces se hace la promesa de trascenderse. Debe dejar que su ser, el mismo ser que corroe todas y cada una de las cosas, actúe movido por su misma existencia. Es mediante esa acción que sus raíces brotarán hacia el cielo. Por un momento se siente alegre y es como si esa alegría hiciera crecer sus raíces hacia todos los rincones de ese mismo ser, es la alegría lo que hace que su inteligencia y su atención broten hacia arriba, hacia abajo, hacia cualquier parte, una alegría misteriosa, mansa y extática a la vez.

La ausencia de consuelo ante sus malestares ha traído entre las manos un consuelo más grande. Pero esa alegría no podría haberla conocido si no conociera el dolor y su lado irremediable. Sin embargo, no desea ni el dolor ni la alegría. Desea sin desear. Desea ese vacío que está más lleno que todo lo lleno. Desea como quien mira al cielo buscando aves inciertas y de repente se echa a volar. Todavía no sabe que hoy es el día en que aceptó la muerte. Que aceptó ser.

Simone camina sola por la línea que dejan las olas en la arena de una playa portuguesa. Anochece y a lo lejos se encienden unas luces diminutas que intuye son arrojadas por los pescadores de ese pueblo triste. Es el día de la fiesta patronal. Siente curiosidad por las luces que saltan a lo lejos y camina hacia ellas. Hay una procesión en la que solo participan mujeres. Por la tarde las ha visto reunidas tomando el sol mientras esperan el regreso de sus maridos. Ahora llevan cirios en las manos y cantan una melodía que recorre los oídos de Simone y llega a sus entrañas para hacerlas contraerse. Las mujeres de los pescadores rodean las barcas mientras elevan la intensidad del canto. Ella tiene de repente la certeza de que el Cristianismo es por excelencia la religión de los esclavos, que los esclavos no tienen más remedio que abrazar el cristianismo, y ella tampoco.

Entonces Simone se sienta en la arena y escribe: Un poema es hermoso en la exacta medida en que la atención que lo constituye está dirigida hacia lo inexpresable. El mundo es hermoso. Dios compuso el mundo pensándose a sí mismo. Quienquiera que tenga la experiencia del carácter trascendente de la inspiración en la creación artística sabe que no hay prueba más evidente de Dios que la hermosura del mundo. Así como el poeta compone el poema pensando el silencio, así Dios engendró el Verbo pensándose a sí mismo.

Su muerte parece negada, abierta a lo eterno mediante sus escritos, que ella escondió afuera de los cuadernos, en la acción, en la protesta, en el dar su pan al que tenía más hambre que ella, y significó un impulso que la disolvía de sí misma para unirla con el todo: Simone escribía con acciones, de eso se trataba escribir, aunque tal vez deberíamos cambiar la palabra escribir por el verbo existir, porque para ella no hubo diferencia alguna; existir para hacer evidente el lazo, la soga o el puente hacia esa totalidad que nos llama desde el mar abierto. Crear es hacer infinito un latido, hacerlo perdurar después que el corazón ha callado.

// Estos textos fueron escritos con el apoyo del PECDA del estado de Puebla en 2014.

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