martes, septiembre 21, 2021

De cine y naufragio

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Por Juan Pablo García

1. Nunca sabré con exactitud qué sucede cuando me quedo dormido mientras veo una película. La regla dice que uno se queda dormido cuando ve películas aburridas, pero hay excepciones, películas en las que es preciso aburrirse porque tiempo y narrativa no están abrumados por la necesidad de entretener; si decimos que aburren es a falta de palabras menos aburridas. Entender el aburrimiento como la simple supresión de lo que nos entretiene es limitante: si no consumimos algo entretenido nos aburrimos, dejando de lado los placeres casi virtuosos que el aburrimiento trae consigo. Raúl Ruiz ejemplifica el ciclo, casi maldito, del entretenimiento: El monje está en su celda y se siente invadir por el aburrimiento; oye pasos pero se mantiene escéptico, seguro de que no hay nadie alrededor. Sin embargo, alguien llega, y aunque el monje sepa que esa aparición es un artificio, la acepta como tal. La aparición le propone salir de la celda y el monje acepta. Es transportado a países lejanos en los que mucho le agradaría quedarse, pero es hora de volver a casa. Al regresar tiene la sorpresa de descubrir que este viaje no ha hecho sino empeorar las cosas: se aburre todavía más.

2. Cuando era estudiante de cine Emir Kusturica viajaba cada viernes doce horas en tren de Sarajevo a Checoslovaquia para ir al cine. Ese viernes proyectaban Amarcord de Fellini. Emir llegó cansado por el viaje y se quedó dormido al poco tiempo de empezar la película. Debido a que la sala se había llenado volvieron a proyectar la obra los dos viernes siguientes. Kusturica volvería a viajar las doce horas y volvería a quedarse dormido. Por eso me gusta tanto Fellini, decía Kusturica, porque puedes entenderlo incluso dormido. Hay unas cuantas películas en la historia del cine en las que es necesario cierto tipo de ensueño para poder entrar a su universo narrativo, que ejerce una especie de hipnosis a la que hay que someterse. La condición de su desciframiento es el ensueño, un estado que se aprende a habitar poco a poco. Suponiendo que insistamos, como Kusturica, en ver cierta película, quedarse dormido no es una derrota sino parte fundamental del aclimatamiento a ese habitar en el tiempo propuesto por el autor; dormida a dormida, se encuentra el frágil pero necesario punto de equilibro entre la vigilia y el sueño. Al conseguir entrar en ese estado, el sueño interno de la película triunfa sobre lo cotidiano de nuestra vigilia: la película se abre, despierta y nos devuelve la mirada.

3. Proyectar una película es abrir un párpado secreto. Hay algunas preguntas que los historiadores del cine no podrán responder nunca: ¿Quién fue el primer hombre que soñó? ¿Sueñan los animales? El cine obedece a la forma de los sueños. Aceptamos el corte porque se parece a la forma en que las imágenes se yuxtaponen en nuestros sueños, dice Walter Murch. No se trata de entender al cine como sueño artificial sino como sueño materializado. La oscuridad de la sala de cine es un párpado que se cierra, la luz en la pantalla uno que se abre. ¿Qué pasaría si intentáramos cerrar los ojos durante un sueño? Me gusta mirar a la gente mientras ve una película; algunos, después de que cruzaron el umbral de la pantalla, parecen sonámbulos. Pavese: Un sueño deja siempre una impresión de grandiosidad y absoluteza. Ello nace del hecho de que en el sueño no hay detalles triviales, puesto que, como en una obra de arte, todo está calculado para producir efecto. Vemos cine desde el mismo lugar desde donde vemos nuestros sueños. La imagen, me parece que Godard habla ahora, es una creación pura del espíritu. No puede nacer de una comparación, sino de la aproximación de dos realidades más o menos alejadas, cuando más alejadas y justas sean las relaciones entre ambas realidades, más fuerte será la imagen. ¿Qué son los sueños sino trenes que avanzan en medio de la noche?

5. El arte de ver cine, si tal cosa existe, es el arte de saber conservar una ensoñación, es decir, el arte de no quedarse dormido sin que eso suponga precisamente estar despierto; para ello es necesario saber habitar el mundo onírico que toda película supone: ver cine es un ejercicio de ensueño contemplativo.

6. Algunas obras cinematográficas tienen un factor de ensoñación que se puede confundir de manera inconsciente con la ensoñación provocada por el aburrimiento o el cansancio físico. Aceptar el ensueño es a veces el desafío que proponen algunas de esas obras. Lo mismo puede suceder con algunos libros; leer en un estado de ensoñación no implica en todos los casos una mala lectura; una lectura ensoñada, por llamarle de algún modo, puede calar en nosotros de la misma manera que una lectura despierta. Mis mejores lecturas han sucedido durante enfermedades o cansancios físicos. Es a causa de una lectura ensoñada, o tal vez enferma, que no recuerdo en dónde leí que no había nada más bello que quedarse dormido en mitad de las así denominadas grandes obras cinematográficas, porque al despertar, abríamos los ojos y teníamos enfrente una imagen bella; el desconcierto, ese estar perdido que procede al despertar, alimenta la belleza de la imagen. Nada más bello, decía el texto, que quedarse dormido en una película de Tarkovsky y despertar con una de sus imágenes.

7. Algunos maestros de meditación golpean con una vara al alumno que se empieza a dormir mientras medita. El golpe de la vara funciona como un regreso a ese punto más allá de la vigilia y el sueño que es la consciencia. Meditar y ver películas comparten algunos principios esenciales, aunque al ver películas no hay vara ni maestro. Si quisiéramos aproximar estos dos ejercicios de contemplación, podríamos decir que el maestro y la vara son la película misma: cuando la película usa la vara, lo hace para que te duermas y puedas así entrar en su sueño, aunque esto suponga en algunos casos quedarse dormido propiamente. La verdadera derrota, en este caso, sería dejar de intentar ver la película.

8. No hay que olvidar lo que dice Borges sobre la lectura de ciertos libros: Si Shakespeare les interesa, está bien. Si les resulta tedioso, déjenlo. Shakespeare no ha escrito aún para ustedes. Llegará un día que Shakespeare será digno de ustedes y ustedes serán dignos de Shakespeare, pero mientras tanto no hay que apresurar las cosas.

9. Empecé a leer la novela Guerra y guerra de László Krasznahorkai, escritor de la mayoría de las películas de Bela Tarr. El personaje principal tiene un miedo irreprimible: que la cabeza se le desprenda del cuello. La prosa de Krasznahorkai es tan hipnótica como lo es el tiempo en las películas de Tarr. Al terminar de leer el libro vi de principio a fin Las Armonías de Werckmeister. Había intentado verla varias veces sin conseguir la ensoñación necesaria para que se abriera. Supuse que las semanas de lectura del libro habían modificado mis ritmos vitales y al ver la película estaba aclimatado para ella. Bajo el influjo de Las Armonías de Werckmeister, imaginé una analogía. Quedarse dormido al ver ciertas películas es parte de un proceso de afinación parecido al de los instrumentos musicales. Cada película necesita un espectador afinado de tal o cual manera, para que al ser tocado por la película salga música de él. El problema es que la película afina su instrumento al mismo tiempo que lo toca; imaginemos, por ejemplo, a un pianista tratando de sacar música de su instrumento mientras el afinador de pianos trabaja. Quedarse dormido en mitad de una película (o abandonarla, o no entenderla) es, algunas veces, dejarse afinar por ella.

// Estos textos fueron escritos con apoyo del PECDA de Puebla en 2014

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