sábado, enero 16, 2021

Cafeína

Por Rafael Zamudio

Alguna vez dejé el café. Hoy, entrada ya la séptima taza para despedir la modorra mañanera, esa afirmación me parece tanto extraterrestre como inaudita. ¿Por qué abandoné a mi mejor amigo, mi más largo y constante acompañante, durante esa breve pero diaria existencia que abarcó casi dos años completos? He dejado de fumar muchas veces pero de tomar café sólo una y abarca más días que si junto los de todas esas veces en las que me he convencido de que no volveré a encender un cigarrillo en mi vida. Aunque haga un recuento de mis días tomando café no encuentro una razón de peso para darle sentido a su ausencia durante ese par de años.

Mi primera taza la tomé a los catorce. Mi hermano terminaba la primaria y como parte de la despedida de nuestra benemérita escuela Sor Juana Inés de la Cruz del Cerro Colorado el grupo de sexto acamparía una noche en el Parque Morelos, bajo la supervisión de un profesor, tres mamás y tres hermanos mayores, entre los que me incluía. Era medianoche. El profesor Francisco preparaba una jarra de café para él y las mamás. «¿Me regala una taza?», le dije, sabiendo que mi mamá lo tomaba todas las mañanas para poder hacer todas sus labores domésticas. Después de un sorbo, el café negro de calcetín me pareció terrible. «Échale azúcar», me dijo una de las mamás, alcanzándome una azucarera de restaurante. Diez cucharadas después encontré un sabor agradable, algo así como a una Coca-Cola hirviendo. El resto de la noche la pasé corriendo. Al amanecer salí a caminar por el parque cubierto de neblina. Encontré un jardín japonés con una estatua de bronce de Buda montando un pez koi. Más allá un bosque de eucaliptos. No dormí hasta la siguiente noche ni volví a tomar café hasta cuatro años después.

Hasta los dieciocho no disfruté nunca de un café caliente. El regusto amargo del café me parecía desagradable, hasta que probé un capuchino con un cigarrillo, en un local detrás de la prepa, a escondidas, con Naoki, mi amigo japonés de intercambio con el que empecé a fumar. No puedo decir que ese café cambió mi vida del todo, pero fue un inicio. Bajé la cantidad de azúcar de diez a dos cucharadas y no volví a pedir un frappé en mi vida.

Lo que sigue es cuesta abajo. Para cuando terminamos la prepa y Naoki regresó a Japón, ya fumaba y tomaba café como un mercenario. Entrar a la carrera de medicina no hizo sino acrecentarlo. De una taza diaria pasé a tres jarras diarias: una en la mañana, antes de partir a la Universidad, otra en la Facultad y la última en la noche para poder aguantar los estudios. Los domingos no dormía. Tres jarras de café y una cajetilla de cigarrillos me acompañaban leyendo el Quiroz de Anatomía: el lunes, a las siete de la mañana, tenía cinco horas consecutivas de la clase de Anatomía; las primeras tres, mis favoritas, eran las prácticas de disecciones en el anfiteatro. Tuve la calificación más alta en Anatomía en veinte años. Pese a eso un par de años después ya no estudiaba medicina.

Ahora era un estudiante de Lengua y Literatura en la Facultad de Humanidades con ínfulas de convertirme en escritor profesional (quién sabe qué creía que eso significaba entonces). Mis días de café y cigarrillos apenas comenzaban. Pasé de tres jarras diarias a tomar café todo el día. Una jarra al despertar, quién sabe cuántas durante las horas de clases en la tarde y unas dos o tres durante la noche, leyendo y escribiendo mis primeros textos con fines explícitamente literarios. Los fines de semana me la pasaba en uno de los dos cafés del Centro de Tijuana en los que sabían qué era un espresso antes de irme a beber a la Zona Norte y planear, junto a mis amigos y compañeros, «el fin de la literatura como la conocíamos», cosa también conocida como «la muerte del lenguaje» (cosa que, por suerte y como todas las generaciones, nunca logramos concretar).

El Café Français era, por esos tiempos, uno de esos dos lugares en Tijuana (al menos hasta donde estaba enterado) que no estaban en Playas donde servían espresso y donde podías quedarte horas sin que un mesero fuera a preguntarte cada tres minutos con expresión de «consuma o lárguese, paria» si «está todo bien». El edificio parecía viejo, sobre todo para una ciudad que estaba por cumplir apenas ciento veinte años y en la que no existían muchos inmuebles con más de cincuenta años de antigüedad (ahora no existe casi ninguno, casi todos han sido demolidos). La barra era alta, como en las cantinas de antaño, con un canal en el piso para recolectar los orines de los comensales, costumbre ya en desuso. El salón principal, salpicado de candelabros ciclópeos y murales, recordaba a lo que las películas nos han dicho que era el París del Siglo XIX.

A mí me gustaba sentarme afuera, en la acera, en una mesa de hierro a fumar indiscriminadamente y observar a la gente que pasaba y registrar lo que veía. Más allá de cualquier recuerdo de otro tipo ese café fue el primero en el que empecé a escribir. Observar y escribir. Tentativas de agotar un espacio parisino, claro, lo leí por primera vez ahí hace varios años, por recomendación de alguien que se enteró que me gustaba escribir así. Tiempo después, quizá porque yo era su único comensal a excepción de un grupo de ancianos y un tullido célebre de la calle Ocho, el Café Français quebró y no volvió a abrir sus puertas. En su lugar hoy existe un edificio de apartamentos al estilo playero californiano, con palmeras y terrazas de plexiglass, que aparte de ser horrendo a la vista no aporta nada a la existencia.

El otro café era La Casa de la Nueve. Lo conocí en mi segundo semestre de la carrera, cuando me uní a un grupo de estudiantes que se reunían ahí todos los viernes a lo que al principio era un taller de minificción y que con el tiempo se convirtió en tertulia y después en borrachera pura (sin ser eso despectivo, al contrario). Quienes se volverían mis amigos con el tiempo tenían entonces una revista (un «panfleto», un «tríptico» como nos llegaron a decir tratando de insultarnos alguna vez). Pero lo importante no es eso. Sino el café. Y en La Casa de la Nueve me tomaba unos cinco, americanos, y me fumaba unas dos cajetillas de cigarrillos durante esos viernes. El lugar era anfitrión de muchos eventos, un centro cultural independiente. Por un tiempo fue nuestro lugar, hasta que, pasados los años, la casa fue demolida por el Ayuntamiento, cosa innecesaria pues era móvil y podía simplemente remolcarse a otro lugar.

Con el tiempo y buscando más aislamiento me reubiqué en Playas, en el Latitud 32. Nunca fue mi café del diario porque llegar a Playas desde mi casa en el Cerro Colorado involucraba entre hora y media y dos horas de transporte público. Llegar ahí era en sí mismo un evento. Pero una vez ahí pedía un capuchino sin azúcar y me sentaba en la mesa de la ventana a fumar y ver el mar. A veces leía. A veces escribía. La mayor parte de las veces sólo observaba a las olas y a los pájaros. A la gente. A los perros. A las nubes. Me quedaba ahí hasta que empezaba a anochecer y la niebla cubría el Malecón. Después eran dos horas más de regreso a casa, en la oscuridad de los autobuses, sin poder leer, escuchando música.

Para cuando tenía veinticinco años me era imposible despertar sin café y dormir sin tomar antes una taza de café bien caliente. Sin leche. Sin azúcar. Cuando conocí la gastritis adquirí la costumbre de pintarlo con leche para que la acidez no fuera tan evidente y darle un valor más nutricional como desayuno. Y después, un día, después de diez años de tomar café todos los días, sin ninguna razón, decidí dejar de tomarlo.

Qué monstruo terrible se entrometió en mis ideas no puedo saberlo. Lo que sé es que las primeras dos semanas de no tomar café son peores que las de no fumar. La irritabilidad es similar pero a diferencia del tabaco, de estar pensando en lo delicioso que es fumar después de comer, de estar pensando en cómo me ayudaría un cigarrillo para concentrarme en este momento, de cómo un cigarrillo me ayudaría a calmar la ansiedad, de cómo un cigarrillo significa cerrar el día o inaugurarlo, es que la ausencia de cafeína duele en el lóbulo frontal. Hay una sensación de mareo persistente durante las dos semanas. Los ojos no pueden enfocarse. Todo sucede en cámara lenta. El mundo sucede en un plano distinto, en el que las voces de los demás se escuchan como los murmullos lejanos e incomprensibles de las plantas.

Durante dos semanas cualquier evento minúsculo es terrible y tiene la potencia de desencadenar un ataque de ira. Durante dos semanas el cuerpo existe demasiado. Después un día se despierta y los colores han cambiado. Las cosas son menos densas, más suaves, casi aterciopeladas. El mundo adquiere un paso neutral y los oídos se agudizan. Es más fácil levantarse de la cama en cuanto se abren los ojos. Es más fácil salir a caminar temprano o hacer las compras. No hay motivos para esperar. No hay nada entre el despertar y activarse, ni siquiera el desayuno. Por un tiempo uno se percata de que no sólo no es necesario el café, sino de que el letargo antes del café es producto del café y no una condición natural con la que todos vivían antes de descubrir e introducir al café en sus vidas. «No necesito cafeína», se dice uno a sí mismo, triunfante.

Un día, después de dos años sin tomar café en lo absoluto y casi tres meses sin fumar, me fui a vivir a la Ciudad de México. Al día siguiente me fumaba dos cajetillas diario y me tomaba diez cafés. Después de un mes y de darme cuenta de que no podría costearme ni el tabaco ni el café dejé de tomarlo de nuevo y empecé a juntar colillas. Durante mi año en el DF tomé mucho café, pero no todos los días ni siguiendo el ritual occidental de beberlo cada mañana antes de comenzar el día. Entonces el café se volvió un lujo que disfrutaba mucho ocasionalmente. Cuando visitaba a mi editor, por ejemplo. Cuando me encontraba a Santiago en la calle. Cuando después de dos horas vagando por la ciudad le marcaba a Jonás para ver si estaba en su departamento detrás de Bellas Artes. Cuando me quedaba a dormir en casa de algún amigo y a la mañana ponía café. Pero cuando más lo disfrutaba era después de que me pagaran algún trabajito y después de un porro me iba al café de siempre en Álvaro Obregón a tomarme tres americanos grandes que me trababan la mente en un discurso interminable que tenía que registrar.

El café de siempre, el Bistrot 61, no era ni muy barato ni muy caro pero hacían su americano con espresso alargado con agua. El grande, a diferencia de otros lugares en los que sólo le agregan más agua, era un espresso doble. El ritual siempre era el mismo. Saludar al dueño, sentarme en la mesa de siempre, pedir un americano grande con un vaso de agua y un cenicero, sacar mi cuaderno rojo y ponerme a escribir. Registrar todo. Observar. Escribir sobre los comensales. En poco tiempo descubrí que siempre eran los mismos: un hombre joven de cabello largo y rizado que le leía el Tarot a señoras de clase media alta, un metalero maduro que al parecer era profesor de filosofía y siempre trabajaba en un iPad, un sueco viejo de frente amplia y bigote imperial que daba clases privadas de lenguas germanas. Cada uno de nosotros tenía su mesa «de siempre». A cada uno de nosotros nos traían «lo de siempre». Todos fumábamos Delicados.

En esos días tomar café significaba acelerar el tiempo. Mi tiempo. Por un par de horas yo era más rápido, más perspicaz y más despierto que el resto del mundo. Cuando tomaba café mi lengua no podía alcanzar mi velocidad de pensamiento. Mi mano cortaba las hojas y mis dedos tecleaban tan rápido que ni siquiera era posible escribir palabras completas. Pensé en aprender taquigrafía pero concluí que lo que debía hacer era aprender a escribir más rápido, entrenar mis dedos y mis manos para alcanzar a mi mente. Debía ser posible. Debían existir técnicas ocultas de Alquimia para acelerar la velocidad del cuerpo para alcanzar las de la mente. Si las hay no me enteré nunca. Eventualmente me volví a acostumbrar a la cafeína y no volví a sentir la sensación de aceleración sino sólo la de letargo matutino.

Hoy tomo ocho o nueve tazas diario. Empiezo al despertar y termino a la hora de la comida. Hasta después del primer cigarrillo, que viene cuando la primera taza se encuentra a la mitad, no puedo pensar mucho. Soy cualquier otro occidental que toma café todo el día. Ya no quedan en mí recuerdos de cómo fueron esos dos años sin cafeína. ¿En qué pensaba cuando no pensaba en que quería un café? ¿Qué quería cuando no quería un café? Me parece incomprensible. Hoy no sería capaz de volver a pasar un día sin una taza de café.

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