domingo, octubre 17, 2021

Bloqueo de escritor

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Por Rafael Zamudio

El primer trabajo cayó unos días antes de que venciera el plazo para pagar el alquiler: dictaminar un mediocre panfleto de «poesías» seudo-vanguardistas del hijo mimado de un banquero capitalino para una editorial apócrifa del bastardo apócrifo de otro banquero. El contrato (imaginario) constaba en nunca mencionar que yo lo había dictaminado y, mucho menos, escribir un dictamen negativo. La persona que me suberrandaba, un viejo conocido, necesitaba el dinero y sabía que yo lo necesitaba aún más: me pagaría la mitad si no decía una palabra y me esforzaba por sonar como si fuera él. Quizá en otro tiempo lo habría dudado, pero en esos días el pan era vida y el hambre y el frío me tenían torcido. Soñaba con una cobija, un cobertor San Marcos que me cubriera hasta la nariz en las tardes de lluvia capitalinas que podían durar hasta dos semanas si el cielo se decidía por la crueldad. Soñaba con pagar el cuarto a tiempo, con fumarme una costosa cajetilla de Camel de un jalón en el café de siempre mientras pedía cinco espressos dobles cortados al hilo y comía una exagerada porción de macarrones a la carbonara que me dejaría indigesto por tres días. Soñaba con pedir un kilo de flor de calabaza en el mercado, cinco berenjenas, un kilo de garbanzo, aceite de olivo, aceitunas y pagarlo todo. Soñaba, sobre todo, con un juego de calzones nuevo, recién abierto, oloroso a plástico de fábrica y tienda. Acepté las condiciones sin problema alguno.

Abrí el libro al azar tres veces distintas. En las tres leí (si realmente puede decirse eso) lo que tenía al frente con un simple parpadeo. Cerré el libro. Escribí siete páginas alabando el ritmo y las imágenes disonantes (inexistentes ambas), recomendando ampliamente la publicación. Mi amigo quedó más que complacido. Me había pedido a mí el trabajo porque se encontraba indispuesto («enfermo» fue la palabra que usó), pero no sólo hice lo que me pidió sino que, en sus palabras, capté su espíritu y escribí como si fuera él mismo, cosa que no me resultó nada complicado pues su «espíritu» era de lo más común y su manera de escribir me resultaba tan sencilla de desentrañar que ni siquiera era necesario pensar para lograrlo. No le dije esto, sólo acepté el pago y me encaminé a mi festín interminable, que me duró un buen par de semanas, cuando la despensa de quinientos pesos que incluía mi doscientos de mota terminó con un plato de crema de huitlacoche. Dos semanas después, cuando de nuevo el hambre me doblaba los talones y el alquiler se encontraba por vencerse conseguí otro trabajo: transcribir entrevistas.

Los meses siguientes trajeron consigo el vaivén de la cornucopia y las vacas flacas. Gracias a esos trabajos entré de nuevo en carnes, sólo lo suficiente como para no necesitar encorvarme para disimular el hambre. Portaba mi torso con orgullo, plano, sin hendiduras ni bultos. La inclusión de proteína animal en mi dieta relucía en mis uñas fuertes, en la espesura de mi barba. Las dos semanas que pasaba en austeridad las hacía con una saludable dotación de arroz, lentejas, huevos, chiles, tomates, champiñones, té y leche. Ya no caminaba a todos lados. Compré cuadernos nuevos. «Te ves feliz», me decían. Salía de la ciudad con frecuencia, a Tepoztlán, a Metepec, a Amecameca. Ya nadie me preguntaba si tenía hambre, si había comido. Todo estaba bien. Casi todo.

Cuando me di cuenta llevaba dos meses sin poder escribir. La idea de que debía ser desdichado para poder hacerlo rondaba mi cabeza y me parecía ruin y patética, una excusa mediocre. No se trataba de eso, sólo quería darle un sentido a algo que desde hacía muchos años había apuntado como una falacia perezosa: no existe el bloqueo del escritor. ¿Entonces de qué se trataba? Quería escribir y no podía. Quería querer escribir y no podía. Antes había escrito sumido en la rutina más aplastante, de viaje, en el metro, en aviones, en una ciudad nueva, en revisitaciones, enamorado, tras una ruptura, durante la muerte de mi abuela, en la más honda depresión, eufórico, sobrio, en éxtasis, en LSD, mariguano, comiendo, caminando, en la ducha, en cualquier momento.

No había pretextos, no había excusas, no había explicaciones. Caminaba durante horas y el ritmo de la ciudad me impregnaba de deseo, de frases, pero cuando me plantaba frente a la computadora o en un café mi mente se volvía un horroroso vacío que absorbía los pensamientos. Desde que empecé a escribir pensaba que lo hacía para acallar mi mente, para vaciar parte del eterno dictado de mi cerebro y poder respirar un poco, pensar en algo nuevo. Ahora me daba cuenta de que no era así, que nunca había sido así: escribía para pensar de forma clara, con palabras, lo que muchas veces creí que era lenguaje pero en realidad no era sino ruido y ahora, por primera vez en mi vida, no tenía palabras, no tenía lenguaje y no tenía manera de expresar nada de eso. O lo que es lo mismo: no tenía ninguna razón para escribir.

Me volví mentiroso, me volví esquivo, en temas en los que nunca había tenido que mentir ni esquivar nada. «¿Cómo van las novelas?», me preguntaban Santiago y Jonás, que en algún momento se habían sorprendidos por mi prolijidad. «Empecé una nueva», le contestaba, «es sobre un viejo que se enamora cuando cree que ya no es posible, de un retrato», o «abrí el refrigerador el otro día y me di cuenta de que cada objeto dentro, cada alimento, es en sí mismo una novela, o muchas, si se toma en cuenta todas las vidas que hay en ellas, las historias que puede tener cualquier persona de la fábrica de leche o de plásticos donde hacen el envase del yogurt, su vida conyugal, por ejemplo, y empecé a escribir un par». Era cierto que en ese momento era como si las escribiera. En ese momento podía saborear las frases, darles color, encadenarlas en páginas cantadas y páginas ladrillo. Pero en cuanto trataba de recordar las conversaciones y recuperar la sensación, en cuanto me ponía frente a la computadora o el cuaderno, todo se esfumaba. Y entonces fumaba. Largas horas de porros encadenados a ver si así, a ver si algo, si cualquier cosa, hasta dormirme.

Por un tiempo me escondí de mis amigos. Salía a caminar con el teléfono apagado, a rumbos donde no me iba a encontrar a nadie, donde tampoco disfrutaba estar pero al menos nadie que me conociera aparecería y me preguntaría cómo iba la vida, cómo iban las novelas. No me sentía cómodo en esos lugares, donde los únicos con color en la piel eran empleados domésticos, valets y policías, donde todos los edificios eran blancos y el sol se reflejaba hasta en las calles, donde el cielo era transparente y lánguido. Sentía en el pecho la necesidad de abofetear a alguien, a uno de los ejecutivos que hablaba con su abogado para ver la manera de liquidar a todos los empleados de su empresa y gritarle al oído que había una revolución en proceso, que la ciudad estaba casi en llamas, que las marchas se habían convertido en campamentos y los campamentos en nuevas ciudades subterráneas. «¿De qué hablas?», me diría cualquier rubio, «¿no ves el cielo? Todo está a toda madre, relax. Mira a esta chava, Glenda. Viene de New York y es de verdad una luz, es divina, ¿a poco no?»

No pasó mucho tiempo antes de que prefiriera no salir a ningún lado, quedarme en mi habitación, fumando y fingiendo que escribía. Salía de noche a caminar por el barrio, tratando de sobreponer las imágenes de los primeros meses sobre mi visión desfasada de la ciudad. Algo había cambiado en la iluminación. Ahora todo era más amarillo, más gris. Las sombras eran menos densas. No estaba seguro de si mis ojos se habían aclimatado a la Ciudad de México o si todo mi cuerpo se había quemado. Una de esas noches pasé frente a la Casa Lamm, como cualquier noche, de regreso a mi cuarto en Álvaro Obregón. Como muchas veces, una turba de señoras vestidas de gala se contenía los pedos mientras sus distinguidos esposos encendían cigarrillos largos en la acera. No les presté atención. Podía tratarse de la presentación del libro de «poesías» de alguna de esas señoras, indistinguible de las demás, con un kilo de plasta de maquillaje para aparentar menos años y el cabello castaño, planchado, bajo una fina diadema de diamantes que por sí solos habían sustentado una dictadura africana durante dos años.

El cartel en turno, una enorme lona negra con letras plateadas anunciaría un título melindroso, indistinguible al de todos los demás libros que cada semana presentaba una de esas señoras, algo del tipo «Marejada de amor» o «Amor Tormenta» o «Tormenta de Mar Amor». Sólo que esta vez no era un título soso, al menos no de ese tipo, sino uno que pretendía ser vanguardista, que pretendía pertenecer a 1921, a la fecha en la que el callejón del Parián, al otro lado de la calle, no era un expendio de boutiques pretenciosas y cafés veganos sino el centro recreativo capitalino de los estridentistas. Miré bien el cartel tres veces, cada una con un simple parpadeo. Se trataba de aquel libro, aquel maldito libro que me había sacado de la miseria y del que había formado una parte indispensable para su publicación. Aquel mediocre panfleto de mierda cuyo dictamen positivo, escrito por mí a nombre de un viejo conocido, fruto del hambre y la necesidad, había logrado su publicación en la única editorial que no lo rechazó y que ahora se presentaba a dos cuadras de mi casa frente a un séquito de señores y señoras cuyas únicas excursiones fuera del poniente de la ciudad eran para las semanales reuniones «culturales» de la Casa Lamm.

Por un momento pensé en entrar a la presentación, en esperar hasta el final, al momento en el que el maestro de ceremonias (llamado «moderador» en cualquier otro lugar que no fuera ese agujero de perdición) abriera la sesión de preguntas para ponerme de pie y preguntarle al autor, el hijo mimado de un banquero que nunca había entendido una palabra de lo que había leído en su vida, qué se sentía estar cien años atrasado en materia poética. Podría preguntar hasta el cansancio, hasta que los guardias de seguridad (inexistentes en cualquier otro recinto cultural) me sacaran a rastras y me propinaran varios puñetazos contra la muralla, en la calle, justo después de que gritara que yo le había dado el dictamen positivo sólo para poder comer y pagar la renta, cosa que todo junto costaba menos de lo que cualquiera de los presentes gastaba en un par de entradas en cualquier cena social. «Te publicaron para que yo pudiera comer», le gritaría, antes de recibir el primer golpe al plexo, a ese estómago tan lastimado por los meses de carestía, un golpe del puño de un gorila con auricular y gafas oscuras, vestido de traje y cabello engomado.

Me quedé ahí, pensándolo, mirando el cartel. Al otro lado de esa muralla estaba el «autor», un hombre apenas unos meses mayor que yo, tal vez nervioso por presentar su primer libro, su primer poemario, seguro de que con eso hacía del planeta un lugar mejor, de que con ese legajo de papel empastado arriesgaba su vida, su mundo, y que con la posibilidad de ser silenciado, encarcelado, censurado por la oprobia alta sociedad de la capital de un país del tercer mundo, un país en guerra (esto no lo sabía él, ni siquiera podía imaginarlo), al enfrentarse a ellos y leer sus retrógradas poemas vanguardistas estaba haciendo algo para renovar la poesía, que quizá lograría impactar lo suficiente en sus congéneres (esas señoras y señores de la generación de sus padres y sus abuelos) como para abrirles los ojos a la verdad. Y sin mí nada de eso sería posible. Y él nunca lo sabría. Eché a reír. Reí como un desquiciado. Y en esa risa sentí dentro de mí una fuerza que no sentía desde hacía un par de meses, cuando dictaminé ese libro. Y supe bien lo que eso quería decir.

Esa noche empecé una novela. La primera frase decía así: «El primer trabajo cayó unos días antes de que venciera el plazo para pagar el alquiler: dictaminar un mediocre panfleto de “poesías” seudo-vanguardistas del hijo mimado de un banquero capitalino para una editorial apócrifa del bastardo apócrifo de otro banquero.»

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