domingo, octubre 17, 2021

Subrayados, VII.

Por Javier Raya

Hereje, herejía, herético: los griegos decían hairetikós al que elige, al que tiene capacidad de tomar esto o lo otro, y proviene de αἵρεσις, que significa llanamente elección. El sentido de hereje como contrario a la ley es un agregado romano para los primeros cristianos que elegían las viejas costumbres en lugar de los evangelios. Así, el cristianismo se constituye por negación de la αἵρεσις, de la capacidad de elegir.

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¿Qué forma tendría una posible “liberación masculina”, en el sentido en que la lucha por los derechos civiles de las mujeres produjo cambios en la sociedad y en la manera en que las mujeres son representadas en la ley y el discurso público? Muchos amigos lo están pensando: se cuestionan el privilegio, buscan su lugar en la lucha de lo cotidiano, en mantener a raya la violencia en contra del otro, y especialmente contra las mujeres, pero todavía no existe —al menos lo ignoro— una constitución realmente consciente de lo masculino. Pareciera ser que, mientras lo femenino es una condición y un adiestramiento en ciertas pautas de género, lo masculino estuviera siempre en entredicho, como si fuera algo deseable a lo que todo hombre debe acceder mediante continuas pruebas. No son los trabajos de Heracles sino el bluff, la bravata, el ladrido animal en forma de piropo indeseado o de violencia contra otros hombres para demostrar que uno posee ese “más”, ese plus que nos hace más hombres —acaso hombres a secas— que los otros. La masculinidad es frágil como los testículos colgando fuera del cuerpo, frutas delicadas, que deben protegerse con ademanes burdos y espectaculares contra amenazas siempre latentes, castrantes. El hombre (macho) ha de ser obsceno a condición de probarse a sí mismo su propia hombría. ¿A qué gran Otro se le tributan esas muestras de bravura negativa (el contacto forzado en el transporte público, el chiflido callejero, la condescendencia frente a todo lo femenino) que los machos y machirulos no dejan de representar? ¿Actores de qué grotesco espectáculo para quién?

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“Hay que enseñar al espíritu a moverse también entre vaguedades; el mundo moral y el mundo intelectual están repletos de éstas.”

-Joseph Joubert.

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La conciencia como fuerza de la naturaleza. La imaginación como un tifón, una nube, un pájaro. Surgen espontáneamente, “orgánicamente”, desde el cuerpo. Todo lo que aparece en la conciencia (¿incluso la palabra?) participa de la naturaleza, entendida como una inercia o entropía de la vida misma, como algo irrefrenable que el humano no es capaz de producir (todavía) artificialmente en el grado de complejidad que se da por sí mismo. Naturaleza: lo que se da por sí mismo. No la naturaleza del discurso ecologista liberal, la de un imposible equilibrio del que los humanos participan y tienen la misión (¿quién se las asignó?) de preservar: la naturaleza es ciega y nosotros participamos de su ceguera: nos entregamos a ella o nos oponemos a ella mediante la técnica, o la dominamos provisoriamente, pero nada de eso es capaz de limitarla o domesticarla.

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“…Porque es falso definir la vida como adaptación [en sentido darwiniano]. Sin un mínimum de ésta no es posible vivir; pero lo sorprendente de la vida es que crea formas audaces, atrevidísimas, primariamente inadaptadas, las cuales, no obstante, se las arreglan para acomodarse a un mínimum de condiciones y logran sobrevivir. De suerte que toda especie viviente puede y debe ser estudiada desde dos caras opuestas: como lujoso fenómeno de inadaptación y capricho y como ingenioso mecanismo de adaptación. Diríase que la vida en cada especie se plantea un problema de aspecto insoluble para darse el gusto de resolverlo, generalmente con riqueza y elegancia. Tanto, que estudiando las formas vivientes mira uno en derredor, a lo ancho del cosmos, buscando el espectador entendido en vista de cuyo aplauso se toma todo ese trabajo, alegre, la Naturaleza.”

-José Ortega y Gasset, “La elección en amor.”

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Poema encontrado/armado a partir de conversaciones ambientales en un café:

5 horas 6 horas pinceladas
de lo que estaba pasando
porque ya me llegaba la cartera
yo no tenía tiempo es más
te voy a dar las llaves
de mi casa, sobre todo
en los homínidos orinados,
no recuerdo, ya estaba
yo llorando, dicen que me dormí,
maestro, pedí un taxi
pensé que nunca terminaría
pero dónde estaba el grifo
lo viste ahí o te fue siguiendo
sin azúcar, porque desde cuándo
te sientes así de culpable, no.

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Ser como luz: onda y partícula al mismo tiempo. Brillar no es dejar de moverse. Ser la parte no impide participar del todo. El árbol está hecho de brillantez amielada, un árbol es lo que ocurre cuando la luz baja las revoluciones casi hasta detenerse; en la piedra, la luz se ha detenido del todo.

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¿Por qué seguimos pidiéndole al cine que nos hable de lo real? ¿Obedece al mismo fenómeno aspiracional que hace que los directores ejecutivos de empresas sean los nuevos héroes de las películas (cfr. Jobs)? Estoy harto de ese disclaimer al inicio: BASADA EN HECHOS REALES. Si quisiera ver historias “reales” miraría por la ventana o me quedaría sentado en la banca del parque, como ahora, viendo cómo pasa la vida a mi alrededor. Del cine —del arte— no espero nada menos que magia, igual que Méliès. Bien mirado, no espero otra cosa de la vida en general.

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En defensa del enemigo, de los enemigos: encarnación del punto ciego: el enemigo dice de nosotros lo que no nos atrevemos o no podemos ver de nosotros mismos. En ese sentido, elegir bien a los enemigos. ¿Quiere decir que siempre necesitamos un enemigo? ¿Nunca podremos vernos con justicia, con compasión pero sin condescendencia? Yo creo que es posible vivir sin enemigos, en ese sentido no son necesarios, pero llegan a ser útiles. Utilitarismo del enemigo. (Recordar El padrino 3: odiar a los enemigos enturbia el juicio). El disenso es necesario. Pero no la emotividad asociada a la diferencia. El odio es pasional. Cursi incluso. No hay nada de racional en el odio: a pesar de la compleja telaraña que Red Scarlach le propone al detective Erik Lönrot, su paciente planeación es una carta de amor podrida. ¿Amar a los enemigos? Sin duda no. Pero tampoco odiarlos. El odio —que participa de la ira, según Séneca— es hinchazón que sólo los idiotas confunden con grandeza.

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“Yo no quiero decir cómo es ella. Si digo que es rubia se imaginarían una mujer rubia, pero no será ella. Ocurrirá como con el nombre: si digo que se llama Elsa se imaginarán cómo es el nombre Elsa; pero el nombre Elsa de ella es otro nombre Elsa.”

-Felisberto Hernández, “Elsa.”

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Escribir: no como quien busca recoger con avidez los frutos, sino sembrando semillas de árboles desconocidos. Escribir es la posibilidad de un bosque en el desierto (o en la luna, como dice Yaxkin). Esa (des)esperanza.

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Un náufrago nunca llega tarde.

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El amor romántico no durará otros cien años. Los poemas de amor escritos por nuestros maestros se volverán anacrónicos rápidamente. Lo que ocurre es que el amor está en crisis. A lo mejor siempre está en crisis: más bien lo crítico es la libertad. ¿Preferimos amar o ser libres? ¿No es lo mismo? ¿Quisiéramos que fuera lo mismo? ¿O vanamente deseamos ser felices, sin importar a quien dañemos en el proceso? Romance: novela de amor cortés, cortesano, cartesiano y colonialista. Montaje para quién. Discurso para nadie. O para otro, siempre desplazado. Amar tiene que ver con enunciación, pero no con la propiedad sobre un discurso. “El resto no es más que imaginación, fantasmas, fábulas que despliegan los callejones sin salida —las delicias— del amor” (Julia Kristeva).

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¿Qué es la lucidez? Estar presente por completo en lo que se piensa y en lo que se dice. Salir a una luz: ¿la del sol o la de un escenario? Salir, sin duda. Expresar, liberar a la presa intacta. Como en ese chiste estructuralista: Lévi-Strauss matando un águila para explicar cómo vuela cuando lo más lúcido sería aletear (alétheia: des-ocultar el ser).

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Soñé con Sábato. Sus lentes descomunales. Sus bigotes de schnauzer. Sus ojos como los de los muertos en las fotografías. Le hacían una entrevista muy extraña, porque en algún punto argumentaba que su nombre derivaba de “garabato”, por lo que su escritura tenía la forma de una “sabatear” (garabatear + sábado).

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