martes, septiembre 21, 2021

Si lo entienden lo entenderían: la literatura como sueño inconclusivo

Por Sebastián Gómez Matus

Hace poco más de un mes en un bar santiaguino tuve una ardida discusión con un fanático de Neruda. Cuando vi su reacción, pensé: tengo la discusión ganada. Además, para mis adentros, recordé la situación que Pablo Katchadjian atraviesa desde el año 2009, cuando María Kodama lo demandó por plagiar El Aleph de Borges. Esto hizo que me perdiera de la discusión, sin perderme del tema. Pensé: eso es trabajar con el canon, eso es trabajar con la tradición, eso es entender la literatura, eso es leer. Entonces, apuré mi vaso y salí, muerto de risa.

No recuerdo literalmente y tampoco lo encontré en internet (el libro desapareció), pero un poema de Eduardo Llanos dice algo así como que Neruda es un tótem en el centro del patio que no nos deja jugar. Esto podría aplicarse a Borges allende los Andes. Eso fue lo que hizo Katchadjian: se metió en el centro del canon de su tradición, allí donde todo escritor argentino tuvo que enfrentarse y atravesar o esquivar tamaña figura, tamaña inteligencia ineludibles. A saber, se metió, literalmente, en El Aleph, agregándole 5400 palabras a las ya 4000 que tiene (o tenía) el relato. Así, queda una especie de nouvelle que se deja leer con cierta extrañeza, pues para los conocedores del relato, saltan a la vista las modificaciones-adiciones, ciertos adjetivos y sustantivos, modernizaciones contextuales, entre muchos de los cambios a lo largo de El Aleph engordado (IAP). Todo esto autorizado, y para dejar fuera inmediatamente la impugnación de un plagio, por el fantasma cada vez más vivo de Pierre Menard. Además, el plagio oculta sus fuentes; aquí no sucede precisamente eso.

En una entrevista más o menos reciente aparecida en el Clarín (el escritor evita referirse al tema: trabaja como profesor en la UBA, escribe y tiene dos hijos), aclara que “es un trabajo formal, no temático, que reelabora las tensiones que hace de por sí la literatura. Vuelve literal la cuestión básica de que siempre se escribe sobre otros textos precedentes”. Con esto, el trabajo resulta tan profundo en su formulación literaria y antieconómica (200 ejemplares a $10 argentinos c/u), que hasta pone en jaque las regulaciones del derecho de autor. Es más, para cuando fue efectuada la demanda, el tiraje ya se había agotado y sólo se lo podía leer en internet.

Para los que estamos familiarizados con la obra de Katchadjian (Buenos Aires, 1977), obra alucinante que viene desplegándose desde el 2004 con dp canta el alma (Vox), resulta evidente que son sus palabras, su genio metido allí, dialogando con los otros libros que ha publicado: es como si se ocultara o disimulara en ese relato para hablar desde allí consigo mismo que, claro, es otro. En efecto, y en el mejor de los casos, El Aleph pasa a ser un texto escrito por dos autores, con muchos años de distancia entre una grafía y la otra; sin embargo, también, o sobre todo, es un libro deKatchadjian. Siendo reduccionista, la literatura quizá sea eso: un solo texto escrito por todos. La cuestión homérica, La rebelión de los negros, etc.

Respecto a esto, Katchadjian comentó algo muy interesante en otra entrevista: mientras estaba trabajando en el texto, se daba cuenta de que éste lo recibía, y que él no podía ser procazmente invasivo con la hospitalidad que se le estaba brindando. Con esto, el trabajo pasó a ser un engarce, donde cada palabra entraba casi por petición del texto mismo. Da la impresión, a ratos, de que al relato le faltaban esas 5400 palabras, o, si no le faltaban, tampoco le sobran. Recordemos que en el aleph está todo: el desastre armenio, la migración armenia hacia la Argentina, los padres de Katchadjian, el librero que vendió el ejemplar que leyó y con el que trabajó, que pueden ser distintos ejemplares, y claro: incluiría su engordamiento.

En última instancia, es un ejercicio procedimental, donde el autor consigue ampliar las posibilidades de lectura de un texto con el que todos crecimos como con una sombra mental. Que se le haya ocurrido a él tal vez sea lo de menos, sobre todo desde que pone en entredicho la noción de autoría y en juego la idea de literatura. Lo realmente importante es lo que nos muestra: otra lectura, la suya, de las lecturas que tenía y que constituyen a Borges en tanto Borges. El otro, el mismo, cobra aquí un sentido brutalmente literario. La literatura es un espacio, parafraseando a Blanchot, que amplía el campo de acción no de los autores, sino que de la literaturidad misma; y para esto no se necesitan nombres. La literatura sería, en cualquier caso, abrir el abanico de lecturas posibles. Esto queda de manifiesto con el gesto absolutamente vanguardista del argentino.

No nos interesa el revuelo mediático que ha causado la situación judicial, por lo demás tediosa y esterilizante, si no lo literario que Kodama no es capaz de aprehender, ciega como…un topo. Además, podemos estar tranquilos: el autor ha sido sobreseído en dos ocasiones; y cuenta con el apoyo legal de Ricardo Strafacce, escritor y amigo, amén de un vasto número de escritores y artistas, tanto nacionales como internacionales, entre los cuales se cuenta César Aira, quien elogia cada vez que puede el trabajo de Katchadjian.

A saber, no era la primera vez que Katchadjian trabajaba con un texto central de la literatura argentina. Previamente, en su microeditorial Imprenta Argentina de Poesía, donde también publicó el libro en cuestión, había publicado El Martín Fierro ordenado alfabéticamente, que es eso. Permanentemente está trabajando con un orden por descubrir dentro del orden, un orden implícito y subyacente; trabaja con una idea de sistema, empleando la repetición, de la cual surge una progresión espontánea, musical. En Qué hacer (Bajolaluna), para mí imprescindible dentro de la literatura contemporánea, hay un fragmento que arroja una luz sobre el proyecto literario, si puedo llamarlo así, de Pablo Katchadjian: si los contenidos son irracionales porque no se sabe de dónde emergen, el sistema de contenidos es lo único racional que existe y deberíamos confiar en eso.

Podemos confiar en él también, es un escritor de primera, no un plagiador. En otra parte, abro al azar: Marx se murió para no terminar El Capital. Qué frase reveladora al momento de pensar El Aleph engordado y la literatura en general. Perfectamente alguien podría revestirse de Neruda y seguir publicando poemas bajo ese nombre, que a estas alturas es una marca, un objeto de merchandising. Pero no es un canon que realmente cubra, según mi parecer, las necesidades (¿cuáles?) de la Literatura. Además, tendría que vérselas con la fundación que lleva su nombre, tan o más celosa que la Kodama.

Para terminar, quisiera recordar otro caso de apropiación intelectual de la obra de Borges. En España, el escritor Agustín Fernández Mallo, publicó con Alfaguara en 2011 El Hacedor (de Borges), Remake, que fue retirado de las librerías por la demanda de Kodama, una especie de Ávida Dollars versión femenina. Me parece impresentable, risible, que no se deje leer tranquilamente a nuestros escritores. Borges y Neruda son patrimonio mundial, y se puede hacer con ellos lo que se estime, tanto para bien como para mal. En este caso, el experimento resultó; sólo que del debate literario se pasó al campo jurídico, con el cual también se puede hacer literatura. Por ejemplo, Kafka. No sería extraño que Katchadjian saliera con algún texto malversando textos jurídicos.

Sólo resta invitar al público mexicano a leer este autor argentino, porque si bien el libro comentado ha resultado el más polémico, los títulos mencionados, más Gracias, Mucho trabajo, La cadena del desánimo y La libertad total son de una calidad ineluctable. Tampoco estaría demás dejar la siguiente lectura: el ensayo de Alberto Laiseca, Por favor ¡plágienme!

Dejamos aquí el enlace al camino del alcohol y el infinito: http://www.imprentaargentinade.com.ar/katchadjian.htm

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