domingo, octubre 17, 2021

Carta para Héctor Viel Temperley

Por Juan Pablo García

Héctor, tienes una grieta en el cuerpo por la que entra todo lo que no atrapan tus manos ni tus palabras; a ella vas y de ella vienes. Conservo esa foto en la que estás acostado en la arena con el mar al fondo y un par de botas descansando a tu lado. Parece que a través de los párpados se te filtra la luz como alas de gaviotas que echan cal sobre tu vida, llevándose en su vuelo cegador las botas, la arena, la playa y el cielo, para dejarte solo entre maniobras de Cristo, solo en tu cuerpo de hombre, cuerpo de agua, mirando fijamente al sol, justo antes de entrar en tu cuerpo de fuego, cuerpo eterno.

Te veo sentado en el pabellón del Hospital Británico, deshaciendo el mundo con tu luz porque tú al igual que tu madre, eres la risa, la libertad, el verano. Fue en ese pabellón, cuando ya sin palabras, hiciste del mar una hemorragia por la que te desangrabas.

Héctor, se te callan los ramos del dolor cuando los sumerges en el agua y nadas y nadas y nadas hasta que te sacan del mundo las palabras que pronuncia tu boca, esa boca que es un libro escrito con las brazadas de un náufrago que alcanza por fin la ilimitada orilla de un mar intempestivo, un mar del que eres centinela y al que cada noche le cuentas las olas como si fueran los parpados, otra vez, por los que asoma su mirada. Al amanecer, sabes que es la hora de nadar recto mar adentro, enseñándole tu rostro desnudo al agua, devolviéndole esa mirada hasta que cierras los ojos y eres uno con las olas.

Ay Etomín, siempre escribías con el pelo mojado y algas en las puntas de los dedos. Entre tus manos nace el estuario donde converge el silencio y la palabra. Te subes a tu silla y miras desde arriba tu poema, un poema que nada, un poema que todo y siempre, como un capullo de lo transparente abriéndose en la oscuridad.

Pero Héctor, dime si tiene hímenes el mar, porque yo no puedo más que acordarme de ti, de esa imagen en la que estás acostado en la playa con los pies descalzos y las botas a un lado después de comulgar arrodillado ante una hilera de árboles de plátano, levantando las manos para colgarte de la barba de Cristo, besar el cielo, el agua, la tierra y después estallar.

Y me vuelvo acordar de ti al acariciar a la perra que te olía el pene cuando ibas a orinar en la madrugada, esa perra a la que le recito tus poemas mientras me mira triste bajo las estrellas del inverno. En esos momentos mi mirada se cruza con la tuya así como la tuya se cruzaba con la del mar.

Héctor, yo no puedo despedirme de ti porque abro tu libro y me mira tu sangre, abro tus palabras y Cristo me mira. ¿Te acuerdas cuando me dijiste que le fuera fiel a mis sensaciones? Me dijiste también que la técnica para escribir era hacer rodar las palabras por la sangre, que debía verterlas como sangre y no como lenguaje. Yo me acuerdo de eso cada vez que escribo. Ya quisiera poder hacerte caso, yo que no puedo ni despedirme de ti porque cuando abro tu libro me despido de mí. Y nado.

// Estos textos fueron escritos con ayuda del PECDA de Puebla de 2014.

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